después del paréntesis

Piglia

Sabía de él por dos libros excepcionales, la novela Respiración artificial y los cuentos de Nombre falso

Sabía de él por dos libros excepcionales, la novela Respiración artificial y los cuentos de Nombre falso. También por los ensayos sobre Roberto Arlt, del que fue un defensor severo en Argentina, y al que admiraba tanto como yo. En el año 1997 nos encontramos personalmente. Mi Sección organizó en la ULL un encuentro con ensayistas y escritores latinoamericanos. El peruano Rafael Humberto Moreno-Durán y el argentino Ricardo Piglia fueron los invitados. Resultó una semana fascinante en lo intelectual y en lo personal. Confirmé el rigor de Moreno-Durán (también muerto) y las habilidades de Piglia. Tanto que le comenté a la ensayista nicaragüense Ileana Rodríguez que era el único ser conocido de este mundo capaz de pensarlo y recrearlo todo. Ella le desveló el comentario. Respondió.
Recuerdo de aquellas fechas dos anécdotas que nos contó Piglia. Pudo retrasar su entrada en el servicio militar obligatorio unos tres meses. Llegó, lo aleccionaron y le dieron las ropas. Al acostarse, las prendas debían descansar a los pies de la cama. A la mañana siguiente se encontró con un uniforme raído y deplorable. Se vistió. Al pasar revista, el sargento se extrañó. “El mío me lo afanaron”, respondió. “¿Y usted no robó otro?”, preguntó el suboficial. “No, señor, no le puedo hacer eso a un compañero…”, concluyó. A lo que el superior indignado gritó: “¿Es usted comunista soldado?”. ¿Cómo supo aquel militar que lo era, o es que la ética queda fuera de los registros de la derecha como sostuvo?

La otra explica lo que Ricardo Piglia fue. En Respiración artificial (1980) dio entrada a un personaje-escritor que se llama Emilio Renzi. Es un juego de espejos, en tanto a él se le inscribió como Ricardo Emilio Piglia Renzi: yo en el escrito como un otro hasta Los diarios de Emilio Renzi (1915, 1916 y 1917). Luego… Un sujeto lo perseguía con notas y con cartas. Era del Sur y le repetía su nombre: Emilio Renzi. El muchacho encontró el número de teléfono. Marcó. Necesitaba verlo. Traslado a Buenos Aires. Piglia temió por su vida. Se vieron las caras. El joven actuaba y vivía como el sujeto de la fábula. Piglia se encontró con el fantasma de carne y hueso. ¿Confirmaba lo que creyó inventar? La conversación y la comida fueron satisfactorias. El chico desapareció y no se supo de él nunca más. ¿Razón? En Piglia solo cabía la literatura, nada más que la literatura. Lo demás es ficción.
Murió el pasado 6 de enero, con setenta y cinco años de edad, a causa del ELA.

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