chasogo

Repta y repto – Por Luis Espinosa

Allí, a la vera de una vaguada, contemplaba nuestro Repto el paisaje al tiempo que pensaba en lo que podría realizar, qué acto heroico o hazaña podría llevar a cabo para que su Julieta le tuviese en cuenta

En un pequeño valle de la isla, que se llena de nieve en invierno y se caldea bastante en verano, vivía la colonia de lacértidos (para los ignorantes, como el que esto escribe, se trata de la subfamilia de la familia de un subgénero de reptiles) entre los que se hallaba Repto, nuestro protagonista, y Repta, su amada, si bien el amor del primero no era correspondido por la segunda.

El lagarto vivía en una covacha, bajo las rocas volcánicas, que en tiempos antiguos formó parte de una vasija donde los aborígenes guardaban el grano, las semillas de la cebadilla, la estilizada planta de penacho plumoso. Nuestro amigo (con los respetos debidos) se levantó y salió a tomar el sol, cuyos rayos eran imprescindibles para el buen funcionamiento de su cuerpo.

No pudo evitar recordar a la bella lagartija la cual, por cierto, no le hacía perro caso. Decía la dama que Repto era muy poca cosa para ella, que buscaba un compañero de más categoría, no un pequeño reptil como él que lo único que hacía era cazar moscas.

Allí, a la vera de una vaguada, contemplaba nuestro Repto el paisaje al tiempo que pensaba en lo que podría realizar, qué acto heroico o hazaña podría llevar a cabo para que su Julieta le tuviese en cuenta.

La mañana, calurosa, le mantenía la sangre a muy buena temperatura y le ayudaba a soñar con aventuras increíbles que siempre terminaban despertando el entusiasmo de su amada. Pero allí, aparte de evitar los pinzones (los malditos pinzones azules que no solo los cazaban sino que, además, para escarnio de todo el clan, colocaban sus cuerpos muertos enganchados en las ramas de las retamas o en las agujas de la Malpica) poco quedaba por hacer para llamar la atención de Repta.

Si no fuese por aquellos depredadores podría atravesar el pequeño llano que le separaba de los codesos y llevarle a su amor una aromática y amarilla flor de estos arbustos. No apreciaba cerca ningún agujero apto para ocultarse en caso de posible riesgo. Su cerebro echaba humo, lo cual no se debía a la alta temperatura que alcanzaba su líquido vital. Dudó, lo pensó y, al no otear peligro alguno, decidió por fin lanzarse a la carrera para atrapar la dulce presea.

Casi llegando a su meta sintió más que vio un destello azul en el cielo del mismo color al tiempo que un terrible dolor le desgajaba el cuerpo. Jamás supo cómo llegó a cobijarse bajo las piedras situadas frente a él, pero las alcanzó y consiguió serenarse mientras oía cómo su corazón (ya sé que los lagartos no tienen un corazón igual al nuestro, pero sí tienen ventrículos y aurículas, al fin y al cabo) ralentizaba su ritmo. Estaba vivo, si bien sufría enormes dolores, por lo que esperó y esperó hasta que no hubo enemigos a la vista, tras lo cual hizo el camino de regreso a su cobijo bajo la rota vasija y en él permaneció durante mucho tiempo.

Pasaron días, tal vez semanas (para un saurio es difícil determinar el tiempo) sin que volviese a establecer contacto con su tribu. Al tiempo que herido estaba avergonzado y no quería enfrentarse a las burlas que suponía de sus amigos y amigas y, especialmente, a las de su adorada lagartijita.

Cazaba moscas y mosquitos a su aire, cuando podía y siempre lejos del clan familiar. Hasta que en un momento decidió que ya era hora de enfrentarse a su gente la cual, probablemente, habría olvidado su fallida hazaña (los lagartos, me han dicho, tienen muy poca memoria) en busca de las flores del codeso.

Salió de su cubil y trepó a lo alto de una roca en busca del sol y a la vista de sus compañeros.
Con gran asombro por su parte comprobó que Repta se le acercaba y le decía: “Eres mi héroe. Te quiero. Nunca existió nadie como tú, tan elegante con dos colas.”

TE PUEDE INTERESAR