Pues Unamuno, que en su niñez literaria, o sea antes de escribir formalmente su primer libro, se iba con su tío Claudio de gira trashumante por Europa y hacía un diario-opúsculo de la visita como un pintor refleja fielmente un paisaje, me hace caer en la cuenta de que estamos al final de un viaje, alejados de su inicio y próximos a otro viaje interior por explorar. Vamos camino de volvernos más aldeanos que ayer creyéndonos el cuento ecuménico de Internet y sus andamios -los portales y las redes-.
Este año va a ser clave para tomar una decisión: abrirnos al follaje de la nueva era obscena del poder nihilista de Trump y todo su bosque de decretos proteccionistas, sin hispanos ni chinos, a machomartillo, o encerrarnos en nuestro caparazón, como aquel jovencito Unamuno, que desconfiaba de París y abjuraba del lema-divisa tan francés, liberté, egalité, fraternité: “¡Eso es una mamarrachada!”, decía. ¿Por qué me temo que este año muchos adeptos incondicionales a la aldea global se van a refugiar en su aldea local y van a mandar a hacer puñetas, como Unamuno, a los tótems del mundo mundial.
Vienen malos tiempos para conversar sobre el rumbo de la humanidad de esquina a esquina, como hacemos ahora, y empieza a germinar de nuevo la semilla antigua del hombre local, casi ínsula insultante ante las fauces de los avances de la tecnología. Es el último escéptico por surgir de esta histeria de esta historia. ¿Le conviene al hombre de hoy o de mañana estar al tanto de ese tal Trump y sus tuits, según el pie con el que se levante tras según que noche con Melania? ¿Le apetece al enanito que somos saber que una manada de lobos solitarios se expande por Europa para atentar aquí y allá, inclusive España?
En nuestra cabecita hemos creído que cabía todo y la hemos ido ensanchando con nuevas aplicaciones, a medida que nos íbamos metiendo, ya no entre cuatro paredes, sino entre los límites invisibles del ciberespacio. Y la cabeza está a punto de estallarnos. Porque nos asusta el mundo y no somos capaces de entenderlo. Ese mundo al que nunca fuimos ni iremos, por inalcanzable, pero que habíamos creído nuestro, asequible a nuestra capacidad de percepción. Y resulta que no nos cabe en la cabeza. No damos crédito a lo que está pasando, los últimos acontecimientos superan nuestra comprensión. Así que, ya digo, no se extrañen de que vuelva en sí el hombre en su isla a su berrinche local, a su Trump doméstico.
