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Un viejo carrucho

Fiel a mi filosofía, y para lo que me queda en este convento (me cago dentro), la semana que el Real Madrid pierde o empata, no escucho la televisión, ni la radio, ni leo las secciones deportivas de los periódicos

Fiel a mi filosofía, y para lo que me queda en este convento (me cago dentro), la semana que el Real Madrid pierde o empata, no escucho la televisión, ni la radio, ni leo las secciones deportivas de los periódicos. La Liga es un “todos contra el Madrid”, que como es el mejor equipo del mundo es también el enemigo a batir. Y como a mí me jode mucho que pierda el Madrid, pues tomo esas medidas. Además, desde hace mucho tiempo, los lunes no escribo. Sólo me doy un largo paseo por el Puerto de la Cruz, viendo las tiendas en las que únicamente se exponen loros de fieltro. Porque desde que resurgió el Loro Parque, el Puerto es un loro gigante. No escribo ni una sola línea. Ni tampoco pongo los lunes la tele más que para ver las películas de la 13, que me entretienen. Ya sé que son cosas de viejo carrucho, pero es que soy un viejo carrucho. Y cada día me he vuelto más antipático. Tampoco hago entrevistas, ni contesto a las llamadas de teléfono cuyo remitente no conozco.

Una de dos: puede ser o un acreedor o un pesado y, entonces, qué necesidad. Si alguien que no esté en la agenda de mi móvil quiere hablar conmigo, y a mí me interesa responder, que me mande antes un WhatsApp identificándose. Lo que me relaja mucho es ir a El Corte Inglés. El otro día, en cinco minutos entregué una chaqueta manchada de café a la tintorería, compré la comida de las perritas, puse la bono-loto, adquirí un libro de sellos en Correos e hice la copia de una llave. Todo en la misma planta. Lo de El Corte Inglés es un milagro. Y, además, se aparca baratísimo. No parece Canarias.

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