por qué no me callo

Zygmunt Bauman y la roca

Procedí a escribir con sus cuatro dígitos el año que transita, 2017, porque no había tenido oportunidad de hacerlo en los nueve días transcurridos

Procedí a escribir con sus cuatro dígitos el año que transita, 2017, porque no había tenido oportunidad de hacerlo en los nueve días transcurridos. En estos había repasado una entrevista con Manuel Vázquez Montalbán de 2001, y el escalofrío de lo sucedido (anoté: muertos Fidel, Juan Pablo II, Bin Laden y el propio Montalbán) recordaba lo obvio: lo efímero del individuo. Ayer, con la edad ciclópea de 91 años en el cuerpo de fideo de melena blanca, murió Zygmunt Bauman. Y a lo obvio se suma lo líquido. Todos los muertos discurren río abajo, con ellos la corriente arrastra lo que fueron y pensaron. Y su pasado no es lo que queda con nosotros, también se va con todo el derrubio hacia el destino final del hombre y las cosas. Lo que permanece, en la ausencia, son las palabras. Los libros de Bauman quedaron atrás. Porque los libros se niegan a desaparecer. Ni los libros de Bauman son líquidos. Ellos no, son enteros, de una pieza, acaso ríos de sabiduría que no se fueron por esas aguas de Dios y del olvido, sino que quedan congelados en el tiempo, para remover conciencias. Leer de nuevo a Bauman es una buena tarea para interpretar los hechos inauditos que ahora nos generan miedo y desconcierto. ¿Por qué el hombre es tan superficial y egoísta en medio de la maldad rampante? ¿Qué ha sido de la política, del alzhéimer de la política y de los políticos, caídos en desgracia y desmemoria de sus roles y cometidos? Decía Bauman: “Ya no hay líderes, sino asesores”. Se reía, finalmente, del ocaso de la política, había presentido que las ruinas del sistema democrático -este populismo que maldecimos sin entenderlo- tenía su origen en Reagan y Thatcher , como una bomba de relojería que iba a restallar tres décadas después, o sea, ahora. El sabio sociólogo y filósofo judío de origen polaco había huido toda su vida desde niño, perseguido por los nazis y sus herederos segregacionistas, y en los últimos años de su vida se revolvía contra los fantasmas del siglo XX que había sufrido en carne propia, viendo reproducidos y multiplicados los mismos odios en las mareas de refugiados que Europa zancadilleaba. Murió mientras Meryl Streep le decía a Trump (la piedra) en la entrega de los Globos que “la falta de respeto y la violencia incitan a la violencia”, en defensa del otro. Bauman se preguntó muchas veces -sobre todo, al final- por la opulencia de unos pocos ricos en un mundo de precariados, de antiguas clases medias empobrecidas que asisten al imperio de la desigualdad. ¿Y el futuro: será líquida la roca ?

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