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el charco hondo

El ruido único

No siendo original, la referencia al ruido en boca de algunos actores de la escena política local no debe sorprender

No siendo original, la referencia al ruido en boca de algunos actores de la escena política local no debe sorprender. Viene de atrás. La expresión ha sido bastante utilizada en el pasado, dentro o fuera de las Islas, para describir a la actualidad cuando el volumen de las polémicas silencia la gestión. A quienes gobiernan se les genera un problema, y gordo, cuando lo que se hace desaparece bajo el peso de las trifulcas o los escándalos, y es ahí cuando en el afán de reivindicarse frente a los líos se alude al ruido. La originalidad no está en el uso, sino en el abuso, y de semanas a esta parte se ha cruzado la línea que separa lo uno de lo otro, la descripción de la descalificación genérica, el legítimo derecho a demandar que se hable más del contenido que del continente de la mal disimulada tentación de deslegitimar cualquier crítica o discrepancia rebajándola a la condición de ruido. Cada vez son más los que han cogido gusto al término. Cada vez más alto. Cada vez más fuerte. Cada vez más razones para empezar a sospechar que el ruido va camino de convertirse en una fórmula puede que eficaz pero dudosamente democrática para deslegitimar posiciones o razones que contradicen a las propias. El ruido aporta poco al debate interno del partido, se escucha. Todo esto es ruido, se dice. El ruido elevado a la categoría de incontestable. El ruido a las puertas de consolidarse como la herramienta que acerque la política al pensamiento monocolor, condenando así a la condición de mero ruido al que se desmarque del oficialismo venga de donde venga, gobiernos, partidos, asambleas de vecinos o sindicatos. Mala cosa. Ojo. Cuidado. Tachar sistemáticamente de alboroto o ruido cualquier voz o posición que se desmarque de la voz o posición propia dibuja un peligrosísimo atajo hacia el toque de queda del pensamiento único.

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