Carmelo Rivero es como todos los directores: quieren que los leas. Él publica a Pedro J. Ramírez, que se distinguió siempre por querer ser leído. Le pasaba a un canario ilustre, don José Antonio Rial, que por un tiempo fue mi jefe (y jefe de un tío mío, periodista también, en Caracas). Los directores de periódicos escriben poco, pero cuando escriben te avisan.
-A ver qué te parece lo que publico este domingo.
Y esperé hasta el domingo, porque él no me dijo de qué se trataba. Él sabía que iba a ser una sorpresa para mí, y lo fue, a fe mía que lo fue.
El artículo o crónica (creo que crónica siempre es mejor que artículo: eso me lo tiene dicho el propio Carmelo: un artículo lo escribe cualquiera, una crónica es mucho más difícil, hay que trabajarla) trataba de Gilberto Alemán, un maestro de periodistas isleños.
En medio de las turbulencias del final del franquismo, cuando el independentismo canario picó como una viruela a muchos próceres de la información, Gilberto vino a Caracas, y lo vi varias veces. Me llamó de parte de Carmelo, precisamente, que entonces era un periodista imberbe.
Era un entusiasta. Gilberto Alemán se hizo en seguida con muchas amistades caraqueñas. Y no era raro. Ser canario en Venezuela es como ser tinerfeño en La Laguna. No hay distancia alguna entre el caraqueño y el canario; por eso hay tanto melancólico de Venezuela en las plazas de Canarias ahora. Muchos han vuelto, yo mismo me fui a Miami, pero yo soy un canario atípico, un isleño de alta mar, como les dije el otro día.
La semblanza que hace Carmelo del viejo compañero isleño que revolucionó por un rato a la diáspora canaria en Caracas me ha sorprendido para muy bien. No es común que los periodistas digan de dónde vienen sus herencias, y esto de que Carmelo se acuerde con tanta efusión emotiva y con tanta precisión profesional del paso de Gilberto por el mundo del periodismo, en sus periódicos históricos (DIARIO DE AVISOS, El Día, La Opinión), en la SER, me ha emocionado como viejo periodista que soy.
Para ejercer este oficio no tienes que ser, tan solo, bueno en la recopilación de los datos, en las preguntas que haces, en la adjetivación que evitas; has de ser generoso también mirando hacia atrás, hacia tus maestros. Y eso no es común.
Que Carmelo le haya dedicado ese perfil al maestro justifica que con tanta insistencia, durante toda la semana, me recomendara que le leyera el domingo. No era por vanidad. Era por justicia.
