La ceremonia de los Oscar es la perfección hecha evento, como se dice ahora. Pero en la última -me quedé despierto hasta el final- Warren Beatty y Faye Dunaway, los Bonny and Clide ya viejitos, la liaron y dieron ganadora a mi peli favorita, La La Land, cuando la que triunfó fue Moonlight. Se armó y los del La La Land tuvieron que entregar a los otros sus estatuillas. Se supone que la ceremonia de los Oscar es siempre un modelo de perfección, desde que -ya no me acuerdo a quién- a aquella cantante se le salió una teta y la cadena que transmite los Oscar, creo que la ABC, consideró que en el futuro se emitiría la ceremonia con un minuto de retardo.
Porque los americanos, si ven un pezón, se erizan. De puertas afuera son unos moralistas infames; fíjense que en algunos estados la felación conlleva pena de cárcel. No son antiguos ni nada los yanquis para algunas cosas. Pero sólo de puertas afuera; dentro, lo bordan. La ceremonia de este año fue tan buena que a unos tipos que hacían un tour en una guagua descubierta por el centro de Los Ángeles los metieron en la Gala, sin ellos sospechar nada, y pudieron hacerse selfies con las estrellas de Hollywood; incluso Denzel Washington matrimonió a una pareja que apareció por allí y que viajaba en la guagua del tour.
Yo tengo debilidad por Emma Stone, así que me alegré mucho de su triunfo y de los seis Oscar de La La Land, siete si Warren Beatty acierta con el galardón a la mejor película. Yo creí que era un gag más del presentador, espléndido, Jimmy Kimmel, que se lució en la ceremonia, que vieron más de 1.000 millones de personas y que me gocé enterita, incluyendo los comentarios de los expertos españoles en el canal correspondiente de Movistar. Fue la imperfección de la perfección, ya digo.
