Nos invade un tremendismo inusitado que asusta. Es la divisa de esta época. Todo sucede a lo grande, o no es. Caben todas las explicaciones y ninguna. Echaremos la culpa a las redes sociales y será como el médico que atribuye la muerte más insospechada a un virus misterioso, y así da el caso por cerrado, con la misma ligereza que en el cine negro el policía deposita la pistola comodín en la mano de la víctima, para quitarse el muerto de encima. Si no es de Internet la culpa de la extravagancia que nos habita, el hecho es que la especie ha evolucionado por este camino, y quizá quepa añadir que se nos ha ido de las manos la civilización como constructo, deconstruyéndose a pasos agigantados. En la política, en la economía, en la vida corriente todo sucede en magnitudes desproporcionadas, como lo más normal. Los nuevos líderes son tunantes y apocalípticos, gritones y heréticos, vende ir de fantasma grandilocuente. Campa un infraorden de baja catadura moral en el común de los mandamases, que se jactan de violentos, sumamente poderosos y desalmados, y aciertan a reivindicarse con la estafa de ser una élite superior y estar por encima de la ley.
Lees la prensa -papel y online, es igual- y no te llevas las manos a la cabeza. Lo cual es el síntoma. La convivencia con noticias generalmente tóxicas te inmuniza hasta extremos inhumanos. Ante el vídeo de las mujeres asesinas del hermanastro de Kim Jong-un, mientras me tomaba el café de las once, en un programa de televisión, me sobresaltó la indiferencia de los clientes del bar, que no se inmutaron mientras me acercaba a ver de cerca lo que mis ojos no podían creer. Suele ser así en las cosas disparatadas que nos suceden de ordinario: la gente pasa ante las cosas que pasan por inconcebibles que sean. Lo mayúsculo de este género que lo exagera todo sin límite es la minusvaloración de la noticia que despierta en los usuarios de la actualidad, que son, a su vez, actores desdramatizados de una normalización cotidiana, a menudo, infausta. El bullying aboca al suicidio, por ejemplo, sin apenas alarma. En mi época estudiantil era una incomodidad enfrentarte a los matones de la escuela, pero la sangre no llegaba al río. Duterte no detiene, asesina a los ladrones por la calle en Filipinas. El Tío Sam, ya se sabe, para qué abundar. Hoy las grandes fortunas son estratosféricas: el 1% más rico del mundo posee tanto como el otro 99%. Todo es dantesco y se rige por la ley de la gravedad.
