el charco hondo

Las jirafas de Daniel

Las jirafas de Daniel se han ido. También se han marchado los hipopótamos y los cocodrilos. Imaginamos que pronto encontrarán otra habitación, otro armario, otro comienzo

Las jirafas de Daniel se han ido. También se han marchado los hipopótamos y los cocodrilos. Imaginamos que pronto encontrarán otra habitación, otro armario, otro comienzo. Sabían las jirafas, los cocodrilos y los hipopótamos que los años de Daniel se les estaban echando encima, que el niño se les iba haciendo mayor. Sabíamos que no podíamos seguir retrasando este momento. Dijimos que para su cumpleaños, once ya, explicaríamos a las jirafas que la mirada de Daniel ha crecido, que sus ojos buscan otros compañeros de habitación. Hemos agradecido a los cocodrilos que nos lo hayan cuidado. Hemos advertido a los hipopótamos que dejar de estar en las puertas del armario es irse, sí, pero solo un poco, que algo de ellos queda en el adolescente que está subiendo en el ascensor. También los peluches han echado una mano con los cambios que días atrás hicimos en el cuarto de Daniel. Han entendido, no sin pena, que debían hacerle un hueco, junto a la ventana, a la mesa de estudiar. Tampoco se han molestado los dibujos que tenía clavados en la pared. Todos sabían que este paso iba a llegar. Hay que dejarlo crecer. Queda niño, eso también lo saben, años en los que Daniel cruzará el pasillo que separa la niñez del después. Aun así la despedida no ha sido un trago fácil, en absoluto. Al despegar los adhesivos que ha tenido todos estos años pegados en las puertas del armario hemos sentido un desgarro difícil de disimular o negar. Despedirnos de los hipopótamos ha sido duro. Acompañar a los cocodrilos hasta la puerta no fue sencillo. Vaciar de niñez la habitación para hacer hueco a lo que está llegando nos tiene destemplados. En unos días celebraremos el millón de páginas por escribir, pero las jirafas de Daniel se han ido y no ha sido fácil, uf, qué va, nada, nada fácil.

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