Cuando alguien me llama para poner en marcha un proceso de coaching conmigo a fin de aclarar sus ideas, definir sus objetivos o trazar planes de acción lo primero que hago es regalarle una sesión de demostración en la que, mientras nos tomamos un café, me cuenta qué sabe acerca de esta disciplina y para qué desea utilizarla. A la vez, yo le explico algunos de los valores que rigen mi conducta como profesional del coaching, entre lo que se encuentra el de la más absoluta confidencialidad, el del respeto más exquisito al propio cliente para no juzgarle y el de mi intención de retarle cariñosa pero contundentemente para que salga de la zona de confort.
Hay ciertos principios sin los que el coaching no sería tan eficiente. Uno de los más interesantes proviene de la Programación Neurolingüística y es el que afirma que “el mapa no es el territorio”, o sea, que nadie está en posesión de la verdad y que, por tanto, es posible captar la realidad desde otros puntos de vista a fin de interpretar lo que nos sucede de otra manera. Acompañar a la persona a que se abra a una visión alternativa es lo que se denomina “hacer un reencuadre” y hasta que eso no se produce no es conveniente pasar a desarrollar planes de acción.
A eso sumamos que las personas actuamos conforme a nuestro nivel de conocimiento y según el filtro de nuestras creencias. Por tanto, si somos capaces de generar creencias nuevas, más potenciadoras, y de ampliar nuestros conocimientos podremos también generar nuevas posibilidades que antes no éramos capaces de ver. El coach jamás aconseja o dice al cliente lo que ha de hacer o no: siempre prevalece el principio de la libertad para la toma de decisiones dado que partimos de la base de que toda persona es un genio encerrado en la botella de su ignorancia sobre cómo actuar.
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