Addoor Sticky
chasogo

El rayo rojo – por Luis Espinosa

Aún convalecía de la fractura de la tibia derecha sufrida en aquel barranco del noroeste de la isla. El médico, colega y amigo me había impuesto unos meses para mi recuperación, pero mi paciencia se acababa. Incluso la lectura, una de mis pasiones, me resultaba aburrida e intranscendente. No era capaz de sumergirme, por llamarlo de alguna manera, en la trama del libro, como solía ocurrirme en los buenos tiempos. Necesitaba, sin dudar un segundo, algo de trabajo, actividad física y mental, para volver a considerarme una verdadera persona.

Así que, cuando de la aldehuela de donde habían partido mis abuelos en busca de mejor vida y fortuna me llamaron para que acudiera lo más rápidamente posible en ayuda de un señor del lugar que estaba en una situación difícil, no dude un momento. Desoyendo los consejos familiares me subí al coche, afortunadamente automático, y marché, no solo para socorrer a un paciente sino también para intentar romper las telarañas que ya cubrían gran parte de mi anatomía y, lo que era peor, también de mi cabeza.

El caserío fundamentalmente estaba constituido por una calle en forma de embudo cuya parte estrecha terminaba sobre una barranquera. Diez o doce casas a los lados formaban el núcleo habitado más importante. Alrededor de éste se situaba otra media docena de casitas desperdigadas entre huertas de altramuces y trigo. En lo alto de una loma se podía apreciar la vivienda del último emigrante llegado de Venezuela, cuando el bolívar era una moneda fuerte.

Un señor barbudo, labrador a todas luces, con manos encallecidas y ropa de trabajo, me atendió al salir del automóvil y solícito me ayudó a llegar hasta la parte estrecha del embudo desde la cual se veía parte del barranquillo donde estaba el posible paciente. Y allí estaba, en efecto, aunque no parecía estar muy grave. Parecía jugar con un niño de corta edad que soltaba risas estridentes de vez en cuando.

“No se acerquen, nos gritó cuando nos vio aparecer en lo alto, es peligroso para ustedes”  “Tengo un cáncer, estoy radiado y emito fuertes y nocivas corrientes”  “¿Y el niño?”, pregunté. “El niño está vacunado, contestó tan campante”.

De repente, de alguna parte de su cuerpo que no pude discernir, salió una línea de intenso color rojo que pareció buscarnos, a mi acompañante y a mí.

Tengo que reconocer que me asusté y gritando no se qué tonterías, sacadas tal vez de alguna novela de Julio Verne, sobre el Rayo Rojo mortal, me di la vuelta y salí corriendo acompañado siempre por mi anfitrión.

Llegamos hasta la parte más ancha de la calle y giramos luego a la derecha, ocultándonos tras la casa que hacía esquina. Miramos atrás. El rayo encarnado se perdía en el cielo realizando bruscos movimientos hasta que, de pronto, pareció romperse, disgregarse en densas nubes cónicas que cayeron al suelo, rompiéndose allí en numerosos trozos los cuales, como gruesos animalillos grises, parecieron buscar algo o a alguien.

Estoy seguro de que no padezco del corazón, pues si ello fuese verdad, en aquel momento hubiese muerto de un infarto cardíaco fulminante. El labrador que siempre estuvo a mi lado había desaparecido. Mis piernas, de la cual la derecha parecía estar hecha de algún material elástico que impedía apoyarme sobre ella, eran totalmente inútiles y el resto de mi cuerpo temblaba de tal manera que fui incapaz de sostenerme derecho y caí al suelo, donde continué agitándome desesperadamente. Tuve la  gran suerte de desvanecerme.

Desperté en un hospital de un pueblo cercano adonde habían ocurrido los hechos. Una vecina de la aldea había llamado por teléfono, para avisar.  Me habían encontrado tumbado allí donde perdí el conocimiento. Pero la señora aseguraba y juraba por todos los santos del universo, que por allí no existía aldeano alguno tratado por un cáncer, que tuviese un niño pequeño y, lo que fue peor, que nadie me había llamado para que atendiese a un enfermo, radiado o no.

En los años posteriores hubo alguna llamada que otra  desde el lugar,  para que fuese a ver a un lesionado o herido en trifulca. Siempre me disculpé asegurando que me encontraba en cama con una gripe colosal

TE PUEDE INTERESAR