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Súper 8

El otro día fui al rastro y compré un viejo proyector de Súper 8, yo creo que sin estrenar, por 30 euros

El otro día fui al rastro y compré un viejo proyector de Súper 8, yo creo que sin estrenar, por 30 euros. El que me lo vendió era un fan, incluso se hizo un selfie conmigo, y se le ablandó el corazón a la hora de poner precio a la mercancía. Fui cargando con el dichoso proyector, en medio de un sol infame, hasta que encontré un taxi. Mientras caminaba, mi mente se fue atrás, a los 60, cuando un grupo de estudiantes de diecisiete años realizamos un reportaje sobre el Puerto de la Cruz, que yo guardaba y que entregué un día en la Filmoteca Canaria. Rodado en Súper 8. Era un pueblo con mar, como diría Sabina, pero completamente distinto al de ahora. Y nosotros también éramos distintos. Quien me vendió el proyector me regaló una película de Mortadelo y Filemón, tras rehusar yo a una porno antigua, según él muy graciosa. El cine siempre estuvo presente en nuestros días juveniles, incluso hicimos los portuenses una modesta aportación a Hollywood, el actor Tom Hernández (Domingo Hernández Bethencourt, 1916-1984), sobrino de don Benito el Zapatero, que triunfó en el western; en las películas de vaqueros. Y en televisión. Cuando proyectaban algún filme en el que él participaba -repito, de malo- la gente pateaba en el gallinero para que cabalgara más deprisa delante del bueno. Era el Oeste al revés, en un pueblo tan surrealista como el comportamiento de su público en el cinematógrafo. Tom Hernández era mi ídolo, viéndolo andar con las piernas arqueadas y bigotito a lo Errol Flynn. Hizo de El Zorro, en sus papeles más estelares, y fue amigo, quizá amante, de Raquel Welch, que luego vendría a Tenerife a rodar Hace un millón de años y se alojaría en el Puerto de la Cruz. Era un pueblo con mar, repito, pero distinto al actual. ¿Mejor, peor? No lo sé.

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