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el charco hondo

Archipiélago viejuno

El juego de la oca es un juego de mesa para dos o más islas. Cada isla avanza su ficha por un tablero político-empresarial en forma de espiral, de siete casillas con dibujos, y dependiendo de la casilla en la que se caiga se puede avanzar o

El juego de la oca es un juego de mesa para dos o más islas. Cada isla avanza su ficha por un tablero político-empresarial en forma de espiral, de siete casillas con dibujos, y dependiendo de la casilla en la que se caiga se puede avanzar o, en el caso de la comunidad autónoma canaria, volver una y otra vez, más pronto que tarde, constantemente, siempre, a la casilla de salida del insularismo. Ahí, en la casilla de salida, volvemos a estar. Tocaba. Se veía venir. Se ha pasado de las señales o síntomas iniciales, más o menos perceptibles, a la tamborada que cada cierto tiempo devuelve a Canarias al pleistoceno de islas echadas a pelear, a tirarse los indicadores a la cara o las recaudaciones a los tobillos, reprochándose las inversiones e incendiando el presente con las artimañas del pasado más imperfecto. Qué tristeza; y, sobre todo, qué viejuno.

A los canarios del siglo XXI, apátridas empadronados en las redes globales, la danza del pleito les parecerá un ritual de otros siglos, de otro mundo que no es el suyo. No saben, ni falta que les hace, que enfrentar a las islas es un atajo para, antorcha en mano, distraer la atención y arrastrar el debate bien lejos de la realidad o del fondo del trasfondo. Sorprendentemente, el presidente del Cabildo de Gran Canaria ha picado. Se ha dejado arrastrar al jardín que interesa a quienes han reabierto la veda del agravio, del victimismo precocinado. Morales ha mordido el anzuelo, desatando la tormenta perfecta que estaban buscando los actores de antes, ahora y siempre, aquellos que agitan el fantasma del desequilibrio para acto seguido pedir muchísima madera. Rajoy anunciando más de 4.000 millones de inversiones en Cataluña y aquí, en las Islas, jugando a la oca. Tenemos lo que nos merecemos o no lo tenemos porque no nos lo merecemos. Otra vez el pleito. Qué rancio. Qué viejuno.

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