por qué no me callo

El papa común

Este papa Francisco -visto ahora con la perspectiva de los cuatro años de su mandato divino sobre la tierra- entró en el despacho oval del Vaticano como San Pedro por su casa

La condescendencia del papa es inherente al cargo, pero este misil argentino en la silla cural del Vaticano estremeció los cimientos de la Iglesia secular cuando la fumata blanca de los cardenales lo ungió con honores de Mesías sobre el apocalipsis de una institución estragada por los escándalos sexuales y financieros y el espionaje de secretos inconfesables de que fue objeto Ratzinger, el teólogo de una etapa terminal. Este papa Francisco -visto ahora con la perspectiva de los cuatro años de su mandato divino sobre la tierra- entró en el despacho oval del Vaticano como San Pedro por su casa. Llamó al consejo de sabios longevos con los que gobierna el negociado de la fe -una empresa como Dios manda regada por el mundo- y se levantó los perniles bajo la sotana, enseñó los cardenales de darle a la pelota en las calles barriales de su ciudad y avisó cómo iba a mandar: a la patada limpia, si hiciera falta, cuando el Verbo no bastara para hacer entrar en razón al ejército descarrilado de la Iglesia, donde había -y hay- padreanchietas, pero también alguna gentuza. Todavía le queda para rato al bueno de Bergoglio para meter en cintura a curas proxenetas -como ese párroco Contin, de Padua, acusado de prostituir a quince personas como si el demonio lo hubiera poseído una noche de jarana-. Así se las tiene que gastar el papa incendiario, que rige su imperio bajo las espadas de Damocles de propios y extraños. A Juan Pablo II lo quisieron matar, y se cuenta que Benedicto XVI renunció como abdican los reyes que agotan la prórroga -así don Juan Carlos tras ir a cazar elefantes a Botsuana-, antes de que un descerebrado se le cruzara en el camino. En cambio, Francisco no muestra temor al atentado latente, como John Lennon -que se creía más célebre que Jesucristo- no sentía el peligro del fan grillado y la bala lo sorprendió desprevenido. Bergoglio nos pide que conjuremos el mal y recemos por él. Si es cierto que el paraíso no existe, ni el infierno, ni el limbo, y el cielo es un sitio tangible y real oculto detrás de lejanas galaxias, gente como este papa con dos bien puestos merecería la pena conocerla en el más allá, cuando, ya libre del encargo de enderezar la besana, como dice la canción, y llevar el rebaño por buen camino, el hombre se rompa a platicar, como los paisanos que dejó en Buenos Aires, que venden libros o baratijas en las plazas comerciales de la gran capital, y parecen papas dando lecciones y consejos, y tiran de léxico y son cultos y maradonianos y gente común y agradable.

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