Addoor Sticky
superconfidencial

Helados Paco

Todos hemos cometido alguna burrada, aunque fuese leve, a lo largo de nuestras vidas

Todos hemos cometido alguna burrada, aunque fuese leve, a lo largo de nuestras vidas. Una noche de juerga, en Buenos Aires, acompañado de Ingrid, la hija de un diplomático sueco, de la que me enamoré por esos días, amanecí en la cama del Sheraton, ya sin Ingrid, pero abrazado a un cartel que decía: “Helados Paco”. Esto ocurrió hace muchísimos años; no sé qué habrá sido de Ingrid, pero el cartel sí que lo conservo, como una reliquia, colgado en el despacho. Me contó luego ella que lo arranqué de una vieja heladería en desuso y que ella me había ayudado en la tarea de desprenderlo de la pared.

El cartel llegó hasta Tenerife en mi maleta y aquí sigue. Helados Paco, bendita juventud. Otra vez, en el Puerto de la Cruz, y en otra noche de parranda, me propuse sustituir la placa de la Calle de La Verdad y pintar en su lugar el nombre por el que siempre se ha conocido a esa estrecha vía: Callejón Cagado. Subí a la pela a una amiga y procedimos a cometer la gamberrada, pero cuando estábamos en faena apareció una patrulla de la Policía Municipal de entonces. Se bajó el guardia del coche, agente que había sido compañero mío de colegio, y me preguntó: “¿Qué estás haciendo ahí, Andrés, con esa brocha?”.

Y se lo conté, en mi media lengua. Le entró un ataque de risa, ayudó a la chica a bajarse de mis hombros y, restablecida la normalidad, me dijo: “¿Pero por qué te dio el pedo por ahí?; anda, váyanse a casa y nos olvidamos del asunto”. Quiero decir con esto que a lo mejor llevo dentro de mí a un duende gamberro o es que irremediablemente me atraen ciertos carteles callejeros. Pero a la Calle de la Verdad se la ha llamado siempre Callejón Cagado; y yo lo sigo haciendo.

TE PUEDE INTERESAR