Es evidente que Mariano Rajoy es un mal político en términos de conexión y cercanía con la gente. Transmite una imagen lejana y cansina de dificultad para articular un discurso fluido y estructurado; es muy mal comunicador, y especialmente torpón cuando contesta preguntas que comportan un cierto peligro mediático. En una reciente entrevista, posterior al Congreso popular, ha confesado que solo puede dedicarle a su cargo de presidente del partido un rato la mañana de los lunes, asistiendo a la reunión semanal del Comité de Dirección. La pregunta, entonces, es por qué no abandona un cargo que no puede atender y lo deja en manos de una persona que sí pueda hacerlo. Antes, en otra entrevista, no se le ocurrió otra cosa que reconocer que no había visto ninguna de las películas españolas que este año optaban al Goya. Esto supone proporcionarle gratis argumentos fáciles a sus detractores, que aseguran -injustamente- que sus preocupaciones culturales no van más allá del fútbol y sus lecturas se limitan al Marca. No obstante, lo peor ha sido cuando ha afirmado que desconocía que el abogado de su partido había pedido la nulidad de las actuaciones en el llamado caso Gürtel porque “no está en ese tema y se centra en los asuntos que interesan a los españoles”. Pero, ¿es que la corrupción y el caso Gürtel no interesan a los españoles? ¿De verdad no sabía nada y no está en ese tema el presidente del partido?
Agotada la era Felipe González por la corrupción, el PP logró reproducir la implantación electoral que había alcanzado Adolfo Suárez con la UCD. Los atentados del 11M le privaron de una segura victoria, pero, tras la pesadilla Zapatero, que esos atentados buscaron establecer, recuperó la mayoría absoluta; y tenía todos los elementos necesarios para convertirse en el partido predominante del sistema por largo tiempo. Sin embargo, su corrupción estructural de enormes proporciones le hizo perder parte de su electorado de centro, un electorado que ha permitido la implantación, por primera vez en la democracia, de una alternativa reformista, que había fracasado con el CDS de Suárez, la llamada Operación Roca y otras experiencias.
A pesar de todo ello, los populares han ganado otra vez en las dos últimas elecciones generales, mejorando en la segunda; y han aumentando sus más de ochocientos mil afiliados, a enorme distancia de los ciento y pico mil socialistas. Qué buen vasallo si hubiese buen señor.
