Qué se puede esperar de un país cuyo presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Maikel Moreno, es un sujeto que fue condenado por el asesinato de un joven en el Estado Bolívar, en 1987? Fue juzgado, destituido como oficial de la policía política, la Disip, declarado culpable y encarcelado, pero sólo dos años. En 1989 se benefició de un indulto y seis meses más tarde era secretario de un juzgado de Caracas. Fue el abogado que defendió a aquellos pistoleros que dispararon y mataron a gente inocente durante una manifestación, en Puente Llaguno, Caracas. Se casó con una Miss Venezuela, Deborah Menicucci, que hay que reconocer que está como un tren. Celebraron su luna de miel a todo lujo, en París.
Es un chavista de rostro bestial y colgajoso, autor de las dementes sentencias contra la Asamblea legislativa, elegida democráticamente por los venezolanos. Cantor encendido del chavismo más rancio, metido en el Tribunal Supremo por su mentor, Nicolás Maduro, con el beneplácito del teniente Diosdado (Cabello) y de la milicia chavista, comprada con el dinero del petróleo, de las drogas y de las minas. Maikel Moreno fue también acusado del asesinato del ciudadano Rubén Gil Márquez (1989), en un tiroteo callejero, pero esta vez no fue condenado. Los venezolanos se horrorizaron cuando fue designado magistrado y luego presidente del TSJ. Con esos antecedentes parecía el menos indicado para tan alta magistratura. Pero en Venezuela las cosas están así. El historial delictivo del personaje pone los pelos de punta. Pueden consultarlo en la Internet. Mientras este burro actúa, Venezuela sufre, las instituciones democráticas son pisoteadas y hasta la fiscal general -chavista-, Luisa Ortega, en un acto de valentía y de sensatez, ha condenado el golpe de Estado en su país, dado a sí mismos por Maduro y sus secuaces. ¡Dios mío; y medio mundo sigue callado!
