La muerte de un pensador útil mutila a quienes, con tanto interés como humildad, hemos crecido bebiendo también de su fuente. El escenario que pisamos, plagado de actores que hacen ruido sin aportar nada, apenas deja espacio para aquellos que sí tienen algo que decir. La dictadura del entertainment exilia estos días a quienes, como ha sido el caso de Salvador Pániker, flirteó con la superficialidad sin renunciar a la curiosidad intelectual que caracteriza a los escritores imprescindibles. El místico laico murió este fin de semana. Me enteré por Manolo Criado, compañero de filas. Ambos hemos aprendido con él. Entre otras razones compartidas porque militamos en la reivindicación que Pániker (cuerpo y alma de la editorial Kairós) hace del pensamiento crítico, de la constante necesidad de poner siempre en cuestión los propios prejuicios -en palabras del filósofo, desenmascarar las premisas forcejeando con ellas-. Como lector descubrí hace muchísimos años a quien se definía como un agnóstico con oído para la trascendencia. Entre otros bebí de sus Variaciones y, ya en este último tramo del recorrido, me aboné con entusiasmo a los diarios que, sin renunciar a la vanidad como atrezo, Pániker cargaba de contradicciones tan fértiles como los miedos y frustraciones de un clásico tremendamente moderno. Cuando muere un pensador útil a sus lectores se nos niegan miles de reflexiones que estaban por construirse; al irse nos debilita. En una de sus referencias a Watts, en lo que Pániker consideraba un buen prolegómeno, se bendice que puesto que el mundo no va a ninguna parte no hay prisa. Como ha escrito Daniel Innerarity (otro de la diminuta tribu de los útiles), aunque en la superficie la realidad vuela lo cierto es que pocas cosas están cambiando de forma significativa. Pániker vivió mucho, pero sin prisa. La muerte se ha llevado las frases que no había escrito.
Cuando muere un pensador útil
La muerte de un pensador útil mutila a quienes, con tanto interés como humildad, hemos crecido bebiendo también de su fuente
