al fin es lunes

Maduro y la Virgen María

Esta vez no hizo falta que me llamara el director. Esta vez lo vi yo con mis propios ojos: estaba allí. Estaba en San Félix, Caracas, porque había ido al bautizo de una sobrina nieta, a la que pusieron María, creí que por mi mujer; ya diré por qué la pusieron María, estos estrafalarios.

Y es que la niña María nació en San Félix. Cuando Carmelo me llamó me dijo esto, en su lenguaje tan chicharrero:

-“Muchá, ¿te enteraste de lo que le pasó a Maduro?”.
-“¿Dónde?”.
-“En San Félix”.
-“Pero, tolete”, le dije imitando su tono toscalero, “si yo estoy en San Félix”.
-“Entonces no hay más que hablar, hazme una crónica”. Y colgó.

Cuelga en seguida Carmelo. Una vez me contó una anécdota que él le adjudica a un tal Landero, periodista de sucesos de un periódico antiquísimo. Ese tal Landero llamaba a cobro revertido todos los domingos para dar sucesos a una agencia nacional española. El cobro revertido era muy caro. Así que la agencia le obligaba a que los sucesos fueran relevantes y a que la llamada fuera brevísima.

Así que llamó Landero y cuando comenzó a hablar (“Soy Landero, dos heridos…”) le colgaron en Madrid: por dos heridos no valía la pena un cobro revertido…
Así es Carmelo conmigo: llama como si fuera Landero, pero cuelga como si fuera el gerente del periódico…

En todo caso, me pidió esa crónica; luego vi que esa noticia dio la vuelta al mundo y el mismo DIARIO DE AVISOS la publicó sin necesitar la mía. Él se la pierde. Porque yo tenía muchas cosas sabrosas que contar de San Félix. Pero, ¿a estas alturas del periodismo a quién demonios le importa lo que diga un testigo presencial si es mejor escribir desde lejos sobre lo que pasa en un sitio? Por otra parte, lo que ahora importan son las imágenes, y de esas hay por un tubo, o por un yutubo, como dicen los cubanos de Miami.

Lo cierto es que esos disturbios llamaron la atención porque este es un santuario de Hugo Chávez, el inolvidado líder de sí mismo. Maduro fue a San Félix a darse un homenaje como si lo fueran a recibir con devoción y lo recibieron con tomates. ¿Y qué se esperaba? Aquí la devoción era por el santo, no por el acólito. Maduro, que es un hombre con salidas, dijo después que habían sido alborotadores, como los que irrumpieron en la Semana Santa de Sevilla para romperla.

“¡Será pendejo!”, me dijo el padre de mi sobrina nieta, que es uno de los que tiró huevos. “¡Él se cree la Virgen!”.

A propósito de la Virgen, les cuento por qué mi sobrina nieta se llama María. Aquí llamarse María es una vulgaridad; muchos se llaman Mesa Camilla o Lenin Vino en los Barcos. ¿María? No hay nombres más estrambóticos que los que se encuentran en la Costa Caribe. Y a la niña la pusieron María no por la Virgen, eso me dijeron, sino por las galletas.

Se lo conté a Carmelo y se le fue el dinero del cobro revertido en reírse a carcajadas. De María no, ni de Maduro. De mí.

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