Mi bisabuelo decía (eso contaba mi abuelo) que los hombres no somos escopetas.
Pero los directores de periódicos creen que sí. Este mensaje escuché el último viernes en mi teléfono celular: “¡Mándame eso en doce minutos!”. ¿Qué es eso?, me pregunté. El mensaje lo firmaba Carmelo Rivero, el director de DIARIO DE AVISOS.
Al cabo de un segundo vi que no había leído su mensaje anterior, igualmente perentorio. Decía: “Golpe en Venezuela. Cuéntalo”
Hay una película, creo que de Billy Wilder, con Jack Lemmon, en la que un taxista se siente feliz cuando el viajero le exige: “¡Persiga a ese coche!”.
Un periodista que se precie debe sentirse orgulloso de que su director confíe tanto en él. “¡En doce minutos!”.
En primer lugar, daba por sentado Carmelo que yo estaba disponible; disponible en Miami, que está al lado de Caracas. Eso debe suponer. ¿Y cómo me hago yo con una información fidedigna sobre ese supuesto golpe, que ya él daba por hecho?
La vida vino a mi auxilio, pues fueron cambiando tanto las tornas de ese suceso por el que Carmelo clamaba que hasta el sábado a mediodía (en Canarias) las cosas no estuvieron claras. Del golpe se pasó al golpito, y del golpito a los golpes de pecho de Maduro. El presidente heredero de Chávez terminó pidiéndole al Tribunal Supremo (su Tribunal Supremo: esto sólo pasa en Venezuela, tener un Tribunal Supremo trabajando sólo para su Presidente Supremo) que revocara la conflictiva decisión de dejar sin poder a la Asamblea Nacional.
Y como Maduro es como es, presentó la decisión como un triunfo personal. Una vez más, este hombre que pasará a la historia por no hacerla, había salvado a la Patria que le encargó Hugo Chávez. Las manifestaciones se sucedieron, pero ya no se sabía si tenía interés alguno mirar hacia Maduro o hacia Capriles, o hacia la gente, como me dice Carmelo que dicen en España otros herederos del mentado Chávez.
Lo cierto es que de aquella prisa de Carmelo (“¡Mándame eso en doce minutos!”) mi director pasó a maniobras más dilatorias (“¡Chico, espera un rato! ¡Parece que la vaina no está tan clara!”). Mientras tanto yo seguía por la televisión el asunto como si fuera un partido de béisbol. Hasta que apareció Maduro vestido de árbitro, contrito como un culpable que no se sabe su culpa, y las aguas (turbias) siguieron bajando igual, pero ya con el Tribunal Supremo reducido a una nota de prensa.
Le pregunté a Carmelo:
-¿Y ahora qué?
-No te preocupes, ya metí en lo que tenía dispuesto para ti un anuncio por palabras.
-¿De qué?, le pregunté.
-A ti te lo voy a decir.
Ahora me queda la duda de si me pidió que me anduviera sólo para tenerme despierto.
Capaz es.
Por cierto, le mandé la crónica de todos modos. A los doce minutos. Qué se iba a creer. El muy ladino me dijo luego que no la había recibido.
Sé, por otros compañeros, que dijo lo siguiente:
-Es una mierda. A la papelera. Pongan ahí un anuncio de La Viña’l Loro.
“¡Mándame eso en 12 minutos!” – Por Ángel Arenas
Mi bisabuelo decía (eso contaba mi abuelo) que los hombres no somos escopetas
