No me gustan las semanas santas excesivas. Ésas donde se desfiguran los rostros y se violenta la liturgia para que el espectáculo sea más sentido. No creo un carajo en los artificios histriónicos para impresionar los sentidos y que la gente salga del templo en shock acaramelado.
Y lo mismo, y aún peor, diré de la rigidez con la que otros plantean ese baile de reverencias, trapitos, manos en posturas ortopédicas, pasos milimetrados y miradas esquivas que ellos llaman solemnidad… Yo me descojono por dentro (y cuando no puedo evitarlo, también por fuera).
No estoy siendo muy educado para desearles una feliz Pascua, pero es lo que me sale escribir para estos días de Resurrección en el que no me queda otra que reivindicar la radical sencillez de nuestra fe, la rotunda franqueza de la liturgia, el inestimable valor del encuentro sin interrogatorios y de la misericordia sin cuestionario previo. La densidad de lo que creemos, eso es.
Las fiestas de Semana Santa no son una propuesta para endulzar los ánimos con aquello del amor y la Eucaristía y el sacerdocio. Ni son una invitación a abrirse las carnes en canal ante la visión del Hijo de Dios desfigurado. La noche santa del sepulcro vacío nada tiene de aquelarre mágico ni es la madrugada de los buenos propósitos, que para mentiras ya tenemos la de fin de año.
La Semana Santa -que no acaba, sino que extiende su olor durante la Pascua- es una provocación de la Iglesia en forma de repaso intenso, agotador incluso, sobre la hondura de la fe y de la vida. De entrada, la pasión y la muerte de Cristo nos han evocado aquellos días dulces en los que Dios se hizo carne. Ahora lo entendemos: no era un tierno juego, eligió ser hombre para sellar definitivamente su apuesta por nosotros.
La Semana Santa nos ha traído también los ecos de la oscuridad eterna primera, cuando el mundo no era mundo. En aquellos entonces sin tiempo, Dios decidió expandirse, porque el amor es incontenible, y de ese big bang de sí mismos surgió cuanto existe, que es la cuna donde nos acoge.
La Semana Santa nos ha reunido en torno a nuestras peores pesadillas: el terror de un nicho eternamente frío, el presunto sinsentido de tantos esfuerzos, el triunfo definitivo de la maldad frente a la limpieza. Todos esos espantos se han citado en una tarde y una noche y una mañana sin Dios, en la que hemos rozado nuestros propios límites, hemos sudado sangre de desconcierto y fracaso.
Y la Semana Santa ha roto definitivamente la noche con la irrupción de lo inimaginable, lo inmerecido, lo no humano. Somos para siempre porque el Dios eterno así lo quiere. No es que se hayan acabado los sinsabores… un poco de seriedad, por favor. Aún pisamos terreno embarrado, pero sabemos ya que este mismo barro, recuerdo de aquel primero con el que fuimos amasados, este barro es nuestra salvación. Porque Dios ama la obra de sus manos, no la abandona: ahora entendemos lo del pan y el vino y el amor y los testigos de la fe.
Lo que él tiene con nosotros no es un juego, no es una escenificación. Es una locura alcanzable: es Dios mismo que se deja experimentar para construir la propia vida y dar vida a otros. Por eso no me gustan algunas semanas santas que son más espectáculo que contemplación.
@karmelojph
