domingo cristiano

Una Iglesia así de adolescente

Los primeros psicoanalistas calificaban la adolescencia como“tormenta” y “drama”. Un periodo de tiempo perdido,un pasillo insustancial por el que caminar hacia la resolución -o no- del complejo de Edipo o de Electra en la adultez, considerada, ésta sí, como la etapa trascendental

Los primeros psicoanalistas calificaban la adolescencia como“tormenta” y “drama”. Un periodo de tiempo perdido,un pasillo insustancial por el que caminar hacia la resolución -o no- del complejo de Edipo o de Electra en la adultez, considerada, ésta sí, como la etapa trascendental.

Como ocurre con algunas otras grietas de aquel psicoanálisis naciente,nadie defiende hoy estemenosprecio de la adolescencia. De hecho, ahora se insiste en la huella que esta fase del crecimiento estampa para los años posteriores.

La radical virtud de la adolescencia es que pone al individuo en crisis sobre sí mismo, sobre lo que sabe de sí, lo que siente y lo que sueña. Estamos hechos de tal forma que, de no generarse esta inquietud, lo más probable es que el adolescente pierda el control sobre su vida y se convierta en carne de experimento en manos de otros, que harán de él lo que les venga en gana. “Identidad hipotecada”, llaman algunas escuelas a esta resolución en falso del periodo adolescente.

Lo sano es sumergirse en la crisis. Sin temor al desasosiego. Abriéndose a la verdad más descarnada sobre la propia vida, aun a riesgo de ser cruel con uno mismo: luego el tiempo y la experiencia se encargan de compensar ese radicalismo. No, no es una etapa perdida. En realidad, la adolescencia es el momento de empezar a ganar la batalla al insulso paso del tiempo.
El mundo necesita una Iglesia así de adolescente. Una comunidad siempre pronta para reconstruir su identidad siendo fiel a sus orígenes y en diálogo con cada mundoque le toca habitar. Nos hace falta una Iglesia que no tema mirarse a sí misma para reconocer que parte de lo que hace y lo que dice es así porque las cosas siempre se han hecho de esa manera, no porque sea la forma en la que hay que hacerlas. La Iglesia es más Iglesia cuando no se deja llevar por el inmovilismo de los que han renunciado a la autenticidad para seguir columpiándose en su zona de confort. Y cuando no sucumbe al grito histriónico de los iluminados, ésos que piensan que con ellos comienza la radicalidad evangélica.

Necesitamos aprender de la adolescencia,el tiempo sobresaliente en el que el muchacho descubre que puede comenzar de nuevo, partiendo de lo que ya es y abandonandolo que no le es propio.
Así es la Iglesia en la Pascua. La noche santa de la resurrección de Cristo es el aguijón que le hace preguntarse mil veces por su identidad, por su verdad. Y por eso afronta el camino sin derrumbarse ante la propia mediocridad ni regodearse en sus logros. El adolescente es un peregrino de la madurez, hacia ella se encamina: como la Iglesia, que arrastra sus pies con determinación hacia su verdad y hacia la verdad de Dios.

Por cierto, que en ésas está ahora nuestra Diócesis: repensando su saber ser y su saber estar.Cuidado con los que ya han hipotecado su identidad, siempre buscarán excusas para frenar este impulso renovador. Ésa es la adolescencia mal entendida, la que conduce al fracaso vital e intenta contagiarlo para compartir sus vergüenzas. Cuidado.
@karmelojph

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