Por Ángel Arenas
Carmelo Rivero quiso hacer conmigo lo que Álvaro Mutis, el gran escritor colombiano que hizo casi toda su vida en México, hizo con Gabriel García Márquez. Rivero me lo quiso hacer con Miguel Ángel Bastenier, maestro de periodistas muerto en Madrid el último viernes. Y fue el último viernes cuando me hizo el director del DIARIO ese desafío. Explico qué paso con Mutis y Gabo y luego vamos a lo nuestro.
Cuando García Márquez se había trasladado a vivir a México, desde Barcelona, decidió ponerse a escribir un libro que entonces aún no se llamaba Cien años de soledad. Como era un histérico de los comienzos, rompía y rectificaba, rumiaba los principios y se aturullaba en cada una de las perífrasis, descontento con las metáforas y con las exageraciones.
Mutis, que era su amigo, su maestro y un gran editor de obras ajenas, le fue a ver un día, avisado del drama narrativo del escritor más importante de la segunda parte del siglo XX en América y posiblemente en la lengua española. “Vengo a traerte esto, para que aprendas”. Lo que le dejó fue Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Esta es una novela fundamental para entender, después, a Gabriel García Márquez. Pero en aquel momento era un descubrimiento. Rulfo escribía tachando, como Augusto Monterroso; y eso era lo que tenía que hacer Gabo para construir su inmensa fábula, basada, por otra parte, en la contemplación real de Aracataca, su pueblito natal.
A partir de la lectura de ese libro ni Gabo ni su escritura fueron los mismos. A Gabo le gustaba contar esa anécdota, entre otras muchas que fueron parte de su biografía, y fueron multitud.
Ahora Carmelo Rivero ha querido hacer conmigo lo mismo que Mutis hizo con Gabo. Cuando supo que había muerto Bastenier me mandó un dossier sobre lo que este gran periodista había significado para la historia del periodismo español e hispanoamericano, con algunos ejemplos de sus columnas, crónicas, reportajes y enseñanzas (vía Twitter, la mayor parte) que el maestro había prodigado a lo largo de su vida de 76 años. Tras el envío Carmelo me mando este mensaje hablado:
-“¡Para que aprendas!”.
Los directores de periódicos son así: creen que ellos son la última Coca-Cola del desierto. No sólo conocí a Bastenier sino que, harto de Miami y del mundo, me fui a verle a Cartagena de Indias, en la Colombia caribeña de la que era devoto; y no sólo eso: fui a escucharle algunas de sus clases en la escuela del Nuevo Periodismo que Gabo, su amigo, puso en marcha, con el dinero del Nobel, en esa ciudad de sus preferencias. Luego las noticias han dicho que Bastenier tuvo 2.000 estudiantes a la mitad de los cuales, en América y en España, conoció por sus nombres. Era un maestro genial; no había en él sino fondo, no había superficie; estaba asustado por la crisis del castellano entre nosotros, pero amaba el español del Caribe colombiano. Y nos enseñó, a mí particularmente, que para escribir una crónica o tienes música o no te sirven para nada los datos. Pero, decía, si tienes tan solo una de las dos cosas serás un fracaso como periodista.
Ahora me doy cuenta de que quizá eso mismo le quiso decir Mutis a Gabo cuando le lanzó el libro de Rulfo. Y eso me lleva a pensar que quizá fue eso, también, lo que me quiso decir Carmelo
Rivero: ahí tienes a un personaje que debes imitar, pues no se trata de tener, tan solo, buena pluma. Hay que sacarla a bailar con la investigación, con los datos, con la inteligencia poética que es capaz de relacionar lo que sabes con el oído del que te escucha. Caramba, por una vez acertó Carmelo con la palabra “aprende”.
