Las universidades francesas fueron sacudidas, el cuerpo cultural del país se agitó tanto que terminó removiendo (con desigual intensidad, eso sí) la realidad dentro y fuera del país, intelectuales y filósofos se sumaron a la coreografía, algunas banderas nacieron a la luz y otras acabaron arrolladas por la velocidad de los acontecimientos, y ahí debajo, oculta por los adoquines de valores decadentes y emergentes, algunos creyeron ver la playa. Bajo los adoquines, la playa -dijeron-. Durante cincuenta años, tantos como han transcurrido desde el mayo francés, aquí, en la ciudad que nos vio nacer, junto al mar, en Santa Cruz, la pregunta que muchos nos hacíamos no era si debajo de los adoquines estaba la playa, sino si detrás de los contenedores estaba el mar. Fueron décadas preguntándonos qué habría detrás, qué escondía la cordillera de metal que nos amurallaba negándonos el horizonte. Y cuando los quitaron, cuando por fin se llevaron los dichosos contenedores, descubrimos que lo que había detrás no era el mar sino las plataformas petrolíferas. Hay quienes juran que sí, que lo vieron, que les dio tiempo de ver el mar antes de que llegaran las plataformas.
Cuentan que sí, que generan tantos ingresos y empleos en Las Palmas como en Santa Cruz, vale, de acuerdo, aceptamos a las plataformas como animal de compañía, ahora bien, a diferencia de Las Palmas en el caso de Santa Cruz las tenemos encima del hombro, asfixiando visualmente el paseo, abrazando a los peatones. Sea porque la ciudad mejora mucho como producto turístico, sea porque con las plataformas encima nos sentimos parte del reparto de La guerra de los mundos, ¿es mucho pedir que las muevan un poco?, ¿cabe sugerir que las aparquen en otro sitio?, ¿alguien puede plantearlo? Será que no. Será que bajo los adoquines nunca encontraron la playa. Será que detrás de los contenedores nunca estuvo el mar.
