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Un sueño cubano

En la mañana del miércoles, festivo en Santa Cruz, tuve un sueño raro, relacionado con el miedo. Estaba en Cuba, pero no era Cuba realmente sino Arona/pueblo

En la mañana del miércoles, festivo en Santa Cruz, tuve un sueño raro, relacionado con el miedo. Estaba en Cuba, pero no era Cuba realmente sino Arona/pueblo. Había llegado una comitiva presidencial venezolana (a pesar de aquello ser Cuba), con Chávez a la cabeza, y entraron él y unos asesores en una casa, a hablar con cierto familiar mío; una mujer. Yo estaba en la calle, porque me había invitado a Cuba un banco, no me pregunten por qué, porque yo con los bancos no tengo sino deudas, así que el primer absurdo del sueño era la propia invitación. Un banco nunca invita a un acreedor, más bien lo persigue. Mosqueado, le pregunté a uno de los escoltas por quién estaba arriba, si era Chávez o era Maduro. “El comandante ya murió”, me dijo el guardaespaldas. “Quien está arriba es el presidente Maduro”. “Coño”, me dije, “este me reconoce, si me ve, y me enchirona a perpetuidad, a mí que lo he llamado bruto y animal y asesino”. Pero me consolé porque como mi apellido, en realidad, es González de Chaves, a lo mejor tendría suerte a la hora de presentarme y no me reconocería. Le diría Andrés González. Pero en esto vi que andaba por allí un individuo bajito, feo como un curiel y negro como un tizo, su asesor áulico, al que creía haber visto en alguna parte. Ya bajaban las escaleras, pero parece que a Maduro le dio un apretón repentino, como a Fraga en La Palma el día que se cagó, y preguntó por un baño. Fue entonces cuando aproveché para escabullirme, pero, con pavor, vi que el coche que me estaba esperando para llevarme a almorzar a una playa se había marchado. Me había dejado tirado mi propia familia, que me iba a acompañar. En medio de un pánico desagradable, me desperté. Gracias a eso escapé.

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