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Empresarios y periodistas

Un empresario gordo, con cara de bonachón, me ha emplazado para almorzar con un empresario de aviesa mirada, sirio. No me da la gana. El sirio, cuando le interesa, me evita

Un empresario gordo, con cara de bonachón, me ha emplazado para almorzar con un empresario de aviesa mirada, sirio. No me da la gana. El sirio, cuando le interesa, me evita. Me lo encontré una vez en el Casino de los Caballeros, comiendo con un consejero del Gobierno, o quizá exconsejero, ahora en una mutua, y me viró la cara, como dice el mago. Pues no me da la gana de comer con ese, le dije al empresario gordo con cara de bonachón. La difícil coexistencia entre periodistas y empresarios, al menos yo, la conduzco como me da la gana y yo almuerzo, desayuno o ceno con quien me sale, no con quien me quiera imponer otro empresario. Así que mejor me quedo a comer en mi casa y a la mierda. ¿Qué es lo que pretende el sirio? ¿Convencerme para que no publique el lío que se va a montar cuando la Fiscalía Anticorrupción actúe sobre unos accesos a cierto centro comercial que tenía que pagar el inversor y su amigo el ruso y que vamos a pagar todos nosotros? Pues no me da la gana. El que la hace, que la pague. Yo estoy harto de soportar presiones para que escriba esto o lo otro y resulta que yo digo lo que creo que debo decir y lo que me dejan el editor y el director, que, la verdad, me dejan bastante. Así que ya sabe el sirio lo que tiene que hacer: puentearme, que por otra parte es lo que hace siempre. Y a tomar por culo -es sólo una expresión, una metáfora, para darle énfasis al comentario, eviten tomarlo en sentido literal-. Uno acaba cansándose de tanto pelma, de tanto desprecio y de tanta indignidad. Coño, con lo bien que estoy yo jubilado todavía tengo que cogerme estas calenturas.

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