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Nos vamos olvidando de ti

Hay algunas personas que consiguen una edad apacible, cuando llegan a la mía. Apacible en todos los sentidos. No es mi caso, porque ya todo se me hace un mundo

Hay algunas personas que consiguen una edad apacible, cuando llegan a la mía. Apacible en todos los sentidos. No es mi caso, porque ya todo se me hace un mundo. Pierdo el sueño por lo que antes ni siquiera me preocupaba, el teléfono ha dejado de sonar casi absolutamente, ni siquiera la escritura me alegra la vida y la lectura deja poco a poco de interesarme. Me queda el fútbol, pero ahora, con el parón, perderé el contacto visual con el balón. Me da miedo salir de la isla, he perdido la ilusión por los viajes y cada vez que me proponen una intervención pública, vomito. Me da asco la política y detesto a los golfos que se han apoderado de ella, con sus excepciones. Ayer entró en el Real Casino de los Caballeros -yo lo llamo así- Antonio Castro Cordobez con el alcalde de Breña Alta, que en La Palma es Nueva York. El chico no me conocía y Antonio hizo bien en decirme: “Ya nadie de esta edad te conoce”. Y es verdad. El otro día hablaba con Dimas Martín de esto. Dimas es mi amigo, al margen de su mala suerte judicial. Hay que contar las cosas en libros, periódicos y revistas para refrescar la memoria de la gente. Porque a Dimas se le recuerda porque ha entrado en la cárcel, pero me da que son otros los que tenían que estar presos. “Nos vamos olvidando de ti”, me dice una joven amiga, y tiene razón; es también un buen argumento para una novela que yo no escribiré. Lo que tú hiciste lo están haciendo ahora otros y quieres correr detrás de ellos para no perder tu puesto. Y te das cuenta de que ya no puedes correr, de que no tienes fuerzas. Y entonces intentas tirar la toalla sobre un ring vacío. Pero eres demasiado cobarde para hacerlo.

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