La guerra prueba su existir por la doble mirada: la de los que atacan y la de los atacados, la de los de un frente y la de los del contrario Al Jazeera fue expulsada de la Bolsa de New York un día de marzo del año 2003. No fue la competencia o la incompetencia económica de la cadena, ni las señales de su patrimonio lo que negaron su capacidad en el parqué norteamericano. Por primera vez en la historia de las retransmisiones imperialistas de la guerra por televisión hubo imágenes de la mirada contraria.
De ese modo se contempló la guerra mentirosa que inventó Bush con sus lamentables aliados de Europa contra Irak. Y eso no se cotiza en la Bolsa de New York. Las normas de la emisora catarí no concuerdan con las normas establecidas. Eso aduce hoy Arabia Saudí; por eso pretenden que desaparezca Al Jazeera, para darle el estatuto de “buenos” a Catar. Ni el liberalismo económico que pregonan concuerda con el real ni el real con el real que pretenden imponer. Donald Rumsfeld (secretario de Defensa que fue de Bush) desesperaba; incluso invocó (él, ¡Dios bendito!) los acuerdos de Ginebra para advertirle a Bagdad de que fueran “buenos” y se avinieran a prohibir que se mostrara el desastre como Al Jazeera probaba.
Miles de habitantes de Bagdad corrieron hacia la rivera del Tigris. Habían visto descender dos paracaídas desde el cielo tras abatir a un avión enemigo. Organizaron partidas para buscar entre los juncos a quienes gobernaban la nave que la guerra tocó. El niño corrió por la maleza, destrabó varas, se coló por atajos y caminos que conocía de memoria y buscó, como en otras ocasiones, a sus contrincantes de juego. Como en otras ocasiones, la historia no era pacífica ni el arma que portaba en su mano era baladí: una pequeña estaca que simulaba un revólver. En un recodo, sobre el fango, camuflado por el barro y por ramas precarias, lo vio. Tenía miedo aquel hombre. Estaba tan aturdido como aturdidos se encontraron los que él atacó. El niño se acercó, extendió el brazo y dijo “¡pum!, ¡pum” mirando fijamente a los ojos del soldado. El otro cerró los suyos por instinto. Cuando los abrió, el niño corría entre la maraña de juncos en busca de otros enemigos con el revólver enfundado. Entonces, el militar británico lo comprendió: la guerra no es una ficción.
