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opinión

El secreto de falca

En ocasiones pienso que Falca no existe, que es un invento mío, resultado de una pesadilla en una noche febril. Porque es una isla extraña y llena de espejismos lo que hace que, tras muchos años de hacerle visitas

En ocasiones pienso que Falca no existe, que es un invento mío, resultado de una pesadilla en una noche febril. Porque es una isla extraña y llena de espejismos lo que hace que, tras muchos años de hacerle visitas y de recorrer algunas sendas y escarpados caminos, aun no la llego a comprender. Falca no es solamente una isla con unos grandes bosques de cedros, por lo que es universalmente conocida. Es una tierra mágica, con sus misterios y sus leyendas. Solamente ahora, después de mis estancias allí y de tratar a sus gentes, me atrevo a dejar escrito aquellos sucesos que tanto me impresionaron y que, aun, cuando pienso en ello, me hacen temblar el pulso.

Me parece recordar que fue en mi segunda llegada a sus costas cuando conocí a un matrimonio centroeuropeo con un niño, nacido en Legro, en el único puerto de cierta importancia de la isla. De unos cinco o seis años de edad a veces veía al chiquillo en los muelles con una pandilla de chavales de su edad recorriendo la dársena, tirando piedras al agua o intentando, con unos aparejos muy primitivos, pescar un pez en aquellas frías aguas del Atlántico norte.

Y fue en una visita posterior a la isla cuando ocurrió aquello.

Me encontré al grupo de chavalillos, cosa extraña, sentados en las escaleras de la pescadería charlando animadamente. Al acercarme callaron pero en sus bocas aparecieron sonrisas de reconocimiento, por lo que me atreví a preguntar “¿De qué va la charla?”. Entonces el muchachito extranjero me explicó que había tenido un sueño muy extraño y que, al contárselo a sus amigos, éstos, a su vez, comentaron que habían tenido ese mismo sueño en más de una ocasión.

Me quedé algo aturdido y volví a preguntar y repreguntar, hasta que mi mente se aclaró. Sí, en efecto, todos menos uno de ellos habían tenido el citado sueño en una o dos ocasiones, el mismo que había tenido la noche anterior el chico extranjero. Aquello me pareció tan disparatado que insistí y pregunte por separado a los componentes del grupo, pero todas las versiones coincidieron.

“Un gran pájaro descendía del cielo volando sobre una gran playa de arena blanca (hay que advertir que ese tipo de playa no existe en Falca) donde jugaba el joven protagonista del sueño. El ave daba unas vueltas en torno a él y luego, con el pico, comenzaba a trazar rayas, líneas y más líneas así como algún círculo, para, a continuación elevarse de nuevo y dando grandes aletazos, desaparecer.”

Fue en aquel momento cuando el hijo de mis amigos, que aun tenía fresco en la memoria su sueño, se dispuso a reproducir lo que el pájaro había dibujado. Así trazó, sobre una libreta que sacó del bolsillo de su chamarra con un bolígrafo medio desvencijado, una serie grafismos que hasta mucho después no entendí. El niño arrancó la hoja de papel, me la entregó y me la guardé dándole las gracias.

Pasó bastante tiempo antes de que recordara la hojita de papel y estudiara lo garabateado en ella. Al cabo de un buen rato lo entendí (nunca he sido muy bueno con los números). Eran dos fechas separadas por un guión o algo que se le parecía. La primera me resultó conocida, era la de mi nacimiento, con la diferencia del año. La otra no me decía nada… Hasta que se me ocurrió un día preguntar a la madre del chico la fecha de su natalicio: Era esa.

¿Y la otra? Era de unos ochenta años después. ¿La de su muerte? Se me erizaron todos los pelos de mi cuerpo. ¿Sería posible aquello? ¿Que todos los niños de Falca tuviesen un sueño en su infancia, siempre el mismo, con un gran pájaro dictando las fechas del principio y fin de sus vidas?…

Pregunté por aquí y por allá. Indagué realizando un pequeño trabajo detectivesco y llegué a una conclusión: Los niños, en efecto, recibían en un momento de sus vidas una especie de tarjeta que explicaba la duración del trayecto de ellas, de sus vidas. Pero luego lo olvidaban total y absolutamente, y nunca llegaban a “leer” lo que en la arena estaba dispuesto. Hubo padres que me dijeron que sí, que en efecto, habían oído contar a sus hijos algo de ese sueño, pero que nunca le hicieron caso. Ellos, los adultos, habían borrado, hacía tiempo, cualquier recuerdo de un sueño infantil.

Rompí el papel donde constaban aquellas cifras correspondientes al hijo de mis amigos centroeuropeos, pero no las he podido olvidar. Mi único consuelo es que yo me iré antes.

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