chasogo

El islote (Drama en tres actos)

Era una imperfección en la superficie del agua. Un buen día el magma del interior de la tierra, hace millones de años, había decidido echar un vistazo por encima de las ondas más o menos tranquilas de algún océano

Era una imperfección en la superficie del agua. Un buen día el magma del interior de la tierra, hace millones de años, había decidido echar un vistazo por encima de las ondas más o menos tranquilas de algún océano. Lo que observó no debió de gustarle, porque la ojeada fue muy corta, en tiempo y en expulsión de lavas, por lo que “aquello” quedó, como comentábamos al principio, en una simple mancha, casi imperceptible, en el inmenso piélago.

A simple vista, acercándose mucho al lugar para tener una visión más o menos buena, se trataba, unos millones de eones después, de una montañita con un cráter enorme para la cima que lo contenía. Un círculo de tierra que no creemos llegase a tener un kilómetro de diámetro, con una miniselva, eso sí, muy densa y compacta, y un hundimiento en la zona en que el circulo miraba al sur, donde aparecía una mínima playa de arenas negras, casi cerrada al mar por una aglomerado volcánico, de tal manera que, en algunas mareas, el arenal casi desaparecía para quedar transformada en charco. Adornaban la orografía de la roca un promontorio al oeste de la playa y una colina al este, donde se abría un agujero que señalaba la existencia de una cueva. Pequeña, pequeñísima cueva, en la que a duras penas cabría un ratón, pero que tenemos que señalar porque es parte importante en nuestra historia.

Dentro del cráter se había formado un pequeño lago, insignificante lago, claro, porque aquí todas las proporciones son mínimas (luego lo comprenderán). Casi en la falda de la colina salía una corriente de agua que, serpenteando entre los árboles y las rocas, terminaba derramándose en la negra arena, la cual, agradecida de su frescor, la ingería sin pausa para guardarla en su interior.

Si algo queda sin explicar de esta insignificante isla perdida en el centro de la nada de un océano cualquiera, ya lo aclararemos más tarde.

Luego llegaron ellos dos. Ella por mar, él por aire. No, no fueron catástrofes marinas o aéreas, no fueron tragedias, ni secuestros ni intentos de asesinato. Simplemente fueron las circunstancias, los alisios, las corrientes marinas, los despojos que navegan, las aves que emigran y, especialmente, los deseos de un escritorzuelo lo que los trajo a la isla.

Porque ella era un escarabajo hembra y él un escarabajo macho. Ya, dirán ustedes, Adán y Eva metamorfoseados en insectos en un paraíso especialmente fabricado para ellos. Pues no, la cuestión es un poco más complicada, porque “ella” era de una especie y “él” era de otra. ¿Qué más da?, inquirirán, “usted lo arreglará de cualquier manera para que lleguen los escarabajitos”. Vuelven a errar. Los dilemas que devienen de estas morfologías zoológicas no son fáciles de solucionar, no señor y si, encima, ustedes me están dando el rollo con tantas intervenciones, esto no se va a terminar muy pronto. Ya me he despistado y ni siquiera sé de qué estábamos hablando.

Era un islote pequeñajo y a su superficie llegaron dos pequeños insectos, uno macho y otro hembra. Ésta se va a llamar Lampi, al otro le asignaremos el simpático apelativo de Fede. Y punto.

Deben saber que estos insectos se caracterizan por tener dos pares de alas, pero las interiores están protegidas por las exteriores, que son duras y encierran a las primeras como en un estuche de una sustancia llamada quitina. Se adaptan a hábitats límites, desde las nieves perpetuas a los desiertos, pasando por las profundidades de la Tierra. Que conste que tuve un buen profesor de Ciencias Naturales y que pueden comprobar en cualquier enciclopedia que no estoy equivocado… del todo.

Volvamos al islote. Fede y Lampi, o Lampi y Fede, discuten, claro. La dama le grita al supuesto caballero que ella es una princesa, hija del Príncipe de los Lampíridos que habita a orillas del Egeo, en las feraces tierras de la eterna Grecia y, por tanto, cualquier roce de élitros será considerado un crimen de lesa majestad. Fede, tímido él, se limita a asentir y cuando ella termina con su diatriba se atreve a decir, casi pidiendo perdón. ”Pero somos de distinto sexo y estamos en una isla desierta, que yo lo pude apreciar antes de caer en aquel montón de hojas verdes, ¿Qué quieres que hagamos?”
Pensemos dijo ella. Pensemos dijo él.

———————————————————————————–

Como dando un salto el sol pareció salir del fondo del mar, bruscamente, de súbito, como imitando a un ilusionista. “Ahora no estoy, ahora sí estoy”. Pero, igualmente rápidos, unos gruesos nubarrones se le echaron encima y lo ocultaron. Nuevo intento del astro rey que trata de zafarse del cerco de nubes y, nuevamente, estas le tapan definitivamente.

Fede el coleóptero, que había contemplado la lucha de los elementos, diagnosticó el resultado: Habrá lluvias. Lo cual significaba torrentes de agua que podrían arrastrar su pequeño cuerpecillo hasta el océano, por lo cual dio media vuelta dirigiéndose a la cuevecita donde quedaría libre de peligros y donde aún dormía Lampi.

Lampi, siempre Lampi. Se había enamorado de ella, de las irisaciones que emanaban de su cuerpo, de aquellas finas antenas que parecían trazar en el aire palabras de amor; pero era la hija de un gran señor y, al parecer, estaba prometida a un alto jerarca de su tierra, con lo cual no quería saber nada de él, un pobre escarabajo oscuro descendiente, eso sí, del Caballero de la Armadura Negra.

Fue el primero en alcanzar el islote y estuvo solo más de dos lunas y cuando apareció la rutilante escarabajo Lampi, pensó que allí los dos podrían formar un hogar y una familia. En aquel pequeño trozo de tierra tenían todo lo que podían desear: Agua, comida, un lugar donde esconderse, temperaturas suaves y, eso sí, unas lluvias torrenciales que caían como intentando aplastar el islote. También las aves migratorias y las gaviotas que, en ocasiones, asomaban por aquellos lugares, eran un peligro, pero siempre encontraban escondrijos adecuados donde desaparecer mientras existiese algún riesgo.

Pero Lampi no le hacía caso, le apartaba si se acercaba más de lo debido o se escondía en alguna grieta de la roca. Cuando llovía, como era el caso ahora, se juntaban en la cueva apenas permitiendo ella ligeros roces. Pobre Fede.

También sabemos gracias a los papiros encontrados en la tumba de Amenhotep XXI cuales eran los pensamientos de ella.

Lloraba y se quejaba por su hogar perdido, por su familia y echaba de menos los verdes prados donde creció, mas no pensaba en prometidos (que no existían) y consecuentemente, tampoco su mente se situaba en bodas ni trajes de novia u otras cosas por el estilo. Fede no le había caído bien, pero tampoco mal. Al fin y al cabo había sido él quien le había sacado del tablón flotante que encalló en la playa antes de que las gaviotas se apercibieran de su existencia; y quien le había cogido entre sus potentes pinzas bucales y, tras subir arrastrándola hasta el final del terraplén, la había depositado, secado con líquenes y abrigado con los mismos, en el interior de la pequeña cueva. Todo un trabajo. Y siempre portándose como un gentil escarabajo. Pero no era su tipo, tan negro, sin opalescencias ni tonos nacarados en sus oscuros y rugosos élitros.

—————————————————————————————————

El Sol volvió a salir de las profundas humedades del océano en varias ocasiones sin que, al parecer, la situación cambiase. La pareja se daba algún paseo escondiéndose en los matorrales si divisaban, o intuían, que algún ave volaba sobre ellos. Aparte de las lluvias, feroces lluvias, que caían en ocasiones, los alados seres de las alturas eran sus únicos enemigos en aquel trocito de tierra, rocas volcánicas y un remedo de selva.

Si encontraban algún resto de papaya o mango se daban el gran banquete. Otras veces se limitaban a observar las nubes y el movimiento de las ramas y hojas de los árboles cuando soplaban rachas de cálido viento. Hablaban, comenzaron a contar cosas de su juventud, de las casas que habían habitado, de sus padres y numerosos hermanos; de anécdotas y pequeños accidentes; de las peleas y altercados; de los banquetes y las penurias que habían pasado… pero nada más.

Según los papiros de Amenhotep XXI, Lampi terminó enamorada, muy enamorada, de Fede, pero nunca, que sepamos o que apareciera por escrito, se lo dijo. Y él, siempre fiel a su amada pero sin molestarla, tampoco insistió en el tema de los amoríos, de formar una familia en aquel paraíso tranquilo donde podrían sobrevivir muchos años.

Un día una rama partida cayó en la cabeza de Lampi, que perdió el conocimiento. Fede, a empujones y tirando de ella, la llevó a la cueva. Le costó el pequeño paseo mucho trabajo y al llegar al refugio se notó cansado.

Él no lo sabía, pero su ciclo vital se estaba acabando. Cuando por fin Lampi despertó de su coma, días después, sin que su amante compañero se moviese de su lado, le pidió algo. Fede no salió rápidamente, como siempre hacía cuando ella demandaba una cosa, sus patas algo anquilosadas respondieron con dolor y cansancio. Al traer luego lo solicitado se tumbó al lado de la escarabajo rutilante y murió.

Pasaron eones de años devorados por ese Cronos impasible que traga segundos, minutos, horas y días. Luego, en la materia oscura que envuelve el Universo chocaron electrones y neutrones, protones y demás partículas que pueblan el éter, hasta que se encontraron los restos que habían pertenecido a Lampi y los que fueron de Fede, juntándose en un núcleo duro y brillante que dio lugar a una perfecta esmeralda.

TE PUEDE INTERESAR