En política no se puede vivir con una obsesión. Pedro Sánchez la tiene -que Rajoy se vaya-, pero a Mariano tendrá que ganarle en las urnas. Y no parece que este penene de cara bonita vaya a hacerle pupa al PP, ni que con sus compi de Podemos tenga posibilidad alguna de mandar a casa al gallego. En su declaración en San Fernando de Henares, sede suburbial de la Audiencia Nacional, Rajoy estuvo impecable. Estuvo tan bien que Sánchez pidió su inmediata dimisión. Además, el escenario fue perfecto para el presidente: no hubo pena de paseíllo -entró por el garaje-, se colocó en el estrado, con la bandera de España de fondo, se sabía las respuestas y le ganó la partida al sindicato de abogados del PSOE que había solicitado su presencia allí. Lo bueno de este país es que, tarde o temprano, se sabe todo.
El PSOE tiene la insana costumbre, desde hace muchos años, de querer ganar en los tribunales lo que no consigue en las urnas. Si hay unas pastillas para las obsesiones que se las den a Sánchez; no vive pensando que el “indecente” de Rajoy sigue en La Moncloa y él ni siquiera está en el Congreso y le quedan dos años para volver a entrar. Por eso muchos de sus actos los celebra en salones de la Cámara, pero sin escaño. Debe ser muy duro para él odiar tanto a alguien y no poder derrotarlo porque el otro le gana siempre. Para no ser menos, el Coletas ha pedido la comparecencia de Rajoy en el Congreso. Quiere sus minutos de gloria. Pero Iglesias tiene todavía menos posibilidades de derrotar al gallego. De acuerdo, el gallego y su corsario Montoro se han cargado la clase media, pero de momento el de Pontevedra es un ganador, por muy persona non grata que sea en su ciudad natal.
