Amanece un día cualquiera en el valle. Domina los cielos el sol, el cual acaricia la tierra como novio mimoso despertando a su amada. El mar, intensamente azul, parece un gigantesco espejo donde se mira el astro de la mañana. Al mismo tiempo suspira gozoso al recibir el calor de la estrella, exhalando suspiros de placer y con cada uno de ellos surge en su superficie una tenue nubecilla que, en un principio, parece corretear dudosa por la atmósfera, hasta que se le unen otras, jugando, abrazándose, ligándose y desligándose una y otra vez.
Interviene otro protagonista, el alisio, los vientos del norte que, cual perro pastor, lleva a las nacientes nubes, empujándolas, hacía las laderas, hacía las cumbres, hacía los bordes de las montañas que forman el valle. Pero éstas son muy elevadas y las dóciles nubes no pueden llegar tan arriba, no pueden superar las cimas, por lo que se apretujan contra los árboles de las alturas y llorando, se dejan acariciar por ellos, dejando que, al mismo tiempo, gran parte de su alma húmeda les abandone.
Desde abajo la vista es hosca y hasta tenebrosa. Le han bautizado con un nombre un tanto denigrante aunque el símil nos parezca correcto: Panza de burro.
Pero por arriba el panorama compensa con creces la triste y desangelada impresión que nos ha dado lo inferior. En lo alto, por cierto, casi siempre luce el sol. Allí, casi a la altura de las cimas de la cordillera, la vista es algodonosa y cambiante y en algún momento puedes llegar a pensar que, si caes sobre aquel mar de esponjosas nubes, no te hundirás.
Es un mar aborregado, nunca liso sino abollonado, incluso en ocasiones tormentoso y amenazador. Ciertas nubes quieren como trepar por las laderas para anclarse en los pinos de más arriba aunque, en vano intento, vuelven a caer hacía la masa gris que les espera más abajo, o se disuelven como si nunca hubiesen existido; o, como guedejas sueltas que, culebreando en el azul, intentan, icáreas, llegar al sol.
En ciertas épocas del año se desprenden largas y frías lenguas de aquella masa en continuo y silencioso movimiento para introducirse de forma subrepticia en los senderos del Parque nacional, creando imágenes fantasmales e incorpóreas que se diluyen a medida que avanzan entre volcanes.
En la movediza superficie de aquel piélago van apareciendo convexas formaciones que parecen van a estallar. De pronto, como globos pinchados, se funden con las masas de más abajo desapareciendo en un instante. Nos queda pena por saber que aparecería si se abrieran sus pétalos de espuma.
De pronto, en un momento de la tarde, cuando el sol parece querer irse ya a descansar, una inmensa onda surge de la nubosa masa, gira sobre sí misma y vuelve a hundirse en su mar, creando un enorme maelstrom. Una grieta se forma en aquel océano sin peces y asoman figuras estilizadas, cimas de rectas aristas, imágenes de castillos que recuerdan las construcciones del rey loco de Baviera, palacios de cuentos de hadas, gigantes y otros monstruos de leyendas y mitos que se van transformando y que crean, o pueden crear, en nuestra imaginación, delirantes narraciones sin fin.
El astro rey se oculta. Llega la noche. Ya no podemos contemplar el mar de nubes. ¿Descansará tranquilo o, por el contrario, se agitará en desagradables pesadillas? ¿Qué ocurrirá durante las horas de oscuridad? ¿Se digerirá a sí mismo para que a la mañana siguiente vuelva a comenzar el anabólico proceso? ¿O reposará inmutable dentro de su variación invariable para aparecer de nuevo con ese aspecto de panza de burro?

