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Roma, sin agua

Han parado las fuentes romanas. El lago que abastece de agua a la ciudad se está secando. Roma es la improvisación, el cao

Han parado las fuentes romanas. El lago que abastece de agua a la ciudad se está secando. Roma es la improvisación, el caos. El año pasado, el director de la mierda de hotel en que me alojé -eso sí, muy céntrico- quería culparme de la rotura del lavabo, tras pagar mi cuenta e ir a recoger las maletas que había dejado en consigna, luego de visitar el Vaticano. Lo mandé a hacer puñetas porque yo no había roto nada; quizá la camarera tropezó con el lavabo de mierda porque el cuarto de baño era tan pequeño que no cabría. Cuando en Roma te dan el cambio de un billete, o pagas en efectivo la cuenta de un restaurante, siempre te devuelven de menos. Yo no me alegro de que ahora los romanos pasen sed, ni de que sus fuentes maravillosas hayan dejado de funcionar por falta de agua. Pero es imposible pedir seriedad a una gran parte de los habitantes de esta ciudad -no les digo nada a los de Nápoles-, a quienes les tengo verdadero cariño. El caradura del director del hotel no sé a quién finalmente habrá echado la culpa de la rotura del lavabo, pero supongo que el establecimiento tendría un seguro, o algo así. Seguramente quiso cobrarme a mí y también a la compañía aseguradora, pero al verme tan firme finalmente desistió, en mi caso. No sé cómo solucionará Roma su problema de sequía, en pleno agosto y con la capital llena de turistas. Porque Roma, a pesar de todo, es una ciudad maravillosa, en la que da gusto vivir. Siempre vuelvo a Roma, siempre echo las tres monedas en la Fontana de Trevi que me permite asegurarme de que estaré de nuevo un día en la ciudad eterna; y cada vez descubro cosas nuevas en una urbe que ahora parecerá dormida, sin las fuentes que acarician los sentidos.

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