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Sermones

Creo que una vez se lo dije al obispo Bernardo: “A los curas hay que pedirles que se preparen un poco más los sermones”

Creo que una vez se lo dije al obispo Bernardo: “A los curas hay que pedirles que se preparen un poco más los sermones”. Si el papa Francisco los lleva escritos, ¿por qué nuestro clero no hace lo mismo? Se oyen los mayores disparates y las más nimias niñerías en esos púlpitos, sermones que parecen ir dirigidos a retrasados mentales. Bastante tengo con no entender lo de la Santísima Trinidad y el Espíritu Santo para que, encima, tenga que aguantar, cada vez que asisto a misa, a curas sin nada en la cabeza largando sermones en donde las obviedades, los inventos doctrinales sobre la marcha y la interpretación de cada celebrante de lo que Dios quiere y no quiere es lo que priva. Por respeto no me mando a mudar, pero, coño, no estará de más un repaso a la teología, a la lógica y a la razón, en vez de estar diciendo estupideces desde los púlpitos y los atriles de las iglesias. Hablamos mejor cuanto más sencillamente lo hacemos. Ya lo dijo Azorín refiriéndose a la escritura. Yo le pido a los curas un sermón breve, escrito y bien leído, con un contenido que no tiene por qué ser un asunto doctrinal, pero al menos sí estético y coherente. La Iglesia, que realiza una impresionante labor asistencial y caritativa, no forma bien a sus sacerdotes; al menos es lo que percibo, como mal católico y como público. No se puede largar una prédica para idiotas. Hay que formarlos en el arte de la oratoria, pero, sobre todo, en una asignatura muy difícil de aprender: el sentido común. Escribir las cosas, contarlas de forma amena, adaptarse a la calidad del público y a su nivel intelectual deberían ser cosas fáciles. El cura tiene que ser también un poquito sicólogo y no largar disparate tras disparate desde esas tribunas de Dios.

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