Invitado (porque ya estoy jubilado y no tengo posibles), el otro día navegué por el Gran Canal de Venecia en un trasatlántico. Nunca había visto nada tan hermoso, ni medusas tan grandes. El buque, el MSC Sinfonía, surcaba aquellas aguas despacito, rodeado de remolcadores. A lo lejos, los vaporettos metían a los turistas por entre los canales. Y por una rendija de los cristales de la piscina apareció la plaza de San Marcos, llena de gente, pero esta vez sin inundar. Creí ver, a lo lejos, el Danieli, el lugar de mis noches felices (y de alguna infeliz) que Manu Leguineche retrata con maestría en su Hotel Nirvana, una crónica erudita de los mejores hoteles del mundo, donde merecía estar nuestro viejo y entrañable Mencey, tan sólo por haber muerto en él el gran Ernesto Lecuona. Yo no sabía que cuando los reyes de España abandonan una suite de hotel, miembros de su guardia real inspeccionan cuidadosamente sus aposentos, en busca de cualquier rastro. Lo aprendí en el Mencey, cuando los hoy monarcas eméritos pernoctaron a un paso de la junior suite que yo ocupé durante dos años, discretamente vigilado en esos días por la pasma real. Ya digo que las medusas de Venecia eran enormes y que el gran canal está relativamente sucio, aunque la gente se tira al agua en sus orillas. El barco navega muy despacito, hasta que sale al mar abierto. Yo no entendí la configuración de Venecia hasta la tercera vez que visité la ciudad. Ahora me la sé bien y me parece extraordinaria. Extraordinaria y cara. Comprendo también que los venecianos no quieran más turismo, ni más trasatlánticos y deseen que los dejen tranquilos con sus palacios llenos de ratas y su gran belleza. Italia, dentro de su locura, es un país maravilloso.
Venecia
Invitado (porque ya estoy jubilado y no tengo posibles), el otro día navegué por el Gran Canal de Venecia en un trasatlántico
