Algunas voces han afeado lo argumentado, aquí, el martes, El fuego y la leña, por considerar que se rebajó la relevancia jurídica y se dulcificaron las consecuencias económicas que acarrea la anulación de un Plan General de Ordenación -el de Santa Cruz, en este caso-. Y no. No a la primera. Tampoco a la segunda. Aquí se dijo, y reitera, que la sentencia es una mala noticia. No se dijo, ni se comparte, que el pronunciamiento judicial sea un golpe menor. En absoluto. El reconocimiento del problema fue el punto de partida para, despejada cualquier duda sobre ese particular, poner el foco en las valoraciones que a raíz de la mala noticia se hicieron desde el ámbito empresarial. Y, ahí sí, se consideró, y considera, que llenando de piedras los tejados propios los portavoces empresariales han multiplicado los daños. Flaco favor han hecho a la ciudad, a los vecinos, a los inversores y sus representados cuando respondieron a la anulación del PGO gritando a los cuatro vientos que Santa Cruz es un mal negocio y que, así la cosa, mejor será que apuesten por otros municipios o bien lejos de la Isla. A años luz de la generación de confianza que la situación requiere, desde el ámbito empresarial se ha empeorado el cuadro animando al desánimo. Invertir en desinversión describiendo una ciudad en la que lejos de parar mejor pasar de largo alimenta un deterioro emocional que a corto y medio plazo puede hacer más daño que la propia sentencia. Siendo plenamente consciente del revés y de sus consecuencias, el alcalde (que paga en carne propia errores ajenos, dígase) hace lo que debe, abanderar que se siga creyendo en Santa Cruz y trabajar para ser parte de la solución y no del problema. No queda otra. No le queda otra. Debe seguir generando confianza, poniendo en valor las potencialidades (ciertas) de una ciudad que contra viento y marea por fin está recuperando el pulso.
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