el charco hondo

Las manos a la cabeza

Rajoy ha logrado que el país deje de echarse las manos a la cabeza

Si pase lo que pase nunca pasa absolutamente nada, el tiempo se instala en la inautenticidad que describe Gil Calvo; lo extraordinario amanece ordinario, y ahí acampados, con las responsabilidades y las consecuencias expulsadas de la normalidad, un presidente del Gobierno puede permitirse cruzar un huracán sin que la realidad lo despeine. Rajoy ha logrado que el país deje de echarse las manos a la cabeza. Hace apenas cuarenta y ocho horas los socialistas cargaron otra vez contra él, y nada. Nada de nada. Llegan tarde quienes a raíz de la declaración del presidente en la Audiencia Nacional estos días han pedido su dimisión por degradar el cargo (Sánchez), le ha recriminado su actitud (Iglesias) o piden que comparezca en el Congreso (con la boca más o menos chica, pero todos); llegan tarde, muy tarde, porque Rajoy vive protegido por un muro de inautenticidad desde el día que sobrevivió a los SMS. El presidente se siente bendecido por la permisividad con la que millones de ciudadanos-votantes reaccionan ante lo que coloquial, jovial, campechana, afable e incluso jurídicamente se resume como Las cosas de Rajoy. El presidente ha conseguido dormir a los espectadores. Las cosas de Rajoy, su estudiada pose de abuelo distraído que responde con frases infantiles, convertido exitosamente en principal estrategia de su defensa. La nada de nada de Rajoy es ya un género, una ideología de pensamiento único. Ganar las elecciones sabiendo que millones de españoles sabían lo que sabían anima a responder que hacemos lo que podemos (Luis) significa eso, hacemos lo que podemos, punto final. A quien los electores todo le han permitido ha caído en que puede permitírselo todo, incluso la retórica de la inautenticidad a la que acertadamente alude Gil Calvo, ese hilo conductor de quien fortalecido por la permisividad del electorado ha logrado que el país deje de echarse las manos a la cabeza.

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