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No tenemos miedo

Miedo y rabia. Las dos reacciones básicas con que hemos respondido al atentado de Las Ramblas de Barcelona

Miedo y rabia. Las dos reacciones básicas con que hemos respondido al atentado de Las Ramblas de Barcelona. Bajo la apariencia de unidad ante lo inesperado, van emergiendo a la superficie, por días, las dificultades para asumir y entender un fenómeno complejo. Que se nos presenta en la violencia de tantos muertos y heridos, de 35 naciones, que elevan por ello su repercusión global. En el fondo del asunto el enfrentamiento de Estado Islámico, el IS, con las democracias occidentales y las dificultades para situar el mismo en nuestras realidades. El islam, con 1.600 millones de practicantes, se organiza bajo dos corrientes básicas, los sunitas de Arabia Saudí, Irak y Siria, y los chiítas, con Irán en cabeza. El sunismo derivó en Arabia Saudí en el wahabismo y este dio lugar a su vez al movimiento teológico medieval, extremo y regresivo del salafismo, según el cual sólo ellos son los verdaderos musulmanes, que deben ejercer la guerra santa contra el hereje, donde incluyen cristianos, judíos y chiítas. La forma del islam del salafismo-yihadismo es la que sostiene la actual guerra contra Occidente.

Estas formas de islam extremo, conforme a nuestra Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1983, deben ser calificadas en España como sectas destructivas e ilegalizarlas. No sólo debido al obvio extremo del reciente atentado, sino que incumplen sobradamente sus principios de libertad religiosa y de libertad de conciencia, al ejercer auténticos lavados de cerebro sobre adeptos marginales sin formación. La forma wahabista del islam, otro sunismo extremo, ha venido financiando el islam global, como en España la mezquita de Madrid. Europa debe exigir reciprocidad, cuando en Arabia Saudí se prohíben radicalmente los cristianismos y no acogen a ningún islamista expulsado de su entorno.

Pero es que además el resto de las formas del islam que no matan, ni siquiera las que ejercen la reciprocidad, son homologables o producen sociedades que se integran en las democracias occidentales. No sólo no aceptan la separación de los tres poderes, sino que tampoco el carácter laico y/o aconfesional de la organización del Estado. Lo vemos hoy en Turquía, que, en su deriva islámica, se aleja de la república de Ataturk y al tiempo de su posible incorporación a Europa.

La ignorancia europea respecto del islam produce de facto en nuestra Europa sin valores un claro entreguismo, el relativismo de la Alianza de Civilizaciones, el garantismo de los derechos humanos que ellos no respetan, la distorsión de las organizaciones de inmigración no recíprocas, la vulnerabilidad de la globalización a través de Internet.

Lecturas adanistas donde se nos ofrece como salida la necesidad de integrar y/o cooperar con los musulmanes, que muchos defienden estos días en medios como bálsamo curativo. En Europa sólo es posible ello con nuestros valores, los que iniciamos en el Renacimiento y consolidó la Revolución Francesa, impulsada por la ciencia, que apartó la religión de lo público y la colocó en lo civil. El atentado de Barcelona, contra lo que otros opinan, pone de manifiesto el conflicto libertad-seguridad, donde nos limitarán la primera, espero que con la Ley. La defectuosa y rápida legalización de la inmigración, donde en Cataluña se primó el islam respecto del sudamericano, que habla español. También las dificultades para formular una sólida y unitaria respuesta, desde la ley y la prevención.

Sin miedo ni rabia, con orgullo, nos anunciaba ya en el 2002 Oriana Falacci, ante la incapacidad de la decadente Europa de defenderse del fundamentalismo islámico.

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