La madre miró con candor a los ojos del adolescente. Le dijo: “No siempre Alá explica las cosas con precisión”. El muchacho lloró. Después cerró el chaleco, abotonó el abrigo y corrió hacia la carretera en busca del autobús. Los occidentales no nos explicamos esa escena. Morir por un dios o por una patria ya no forma parte de nuestros principios; contamos con un dios y una patria adecuados. Pero ni el muchacho que sale de su casa cargado de explosivos en su pecho duda de los requisitos, ni quienes proclaman tal actitud lo ponen en tela de juicio.
A semejante conclusión llegamos si analizamos la calamidad que la historia presente nos asigna. Desde nuestra óptica es conturbador que el chico así proceda, que atropelle con un coche a cientos de personas o que ciegue su vida de una manera tan atroz. La cuestión es que el asesino/suicida no cede en su razón; lo atroz es que no solo se justifica por el credo sino por la postura de Occidente en contra de lo que son y en contra de sus pueblos, de ellos mismos.
¿Eso explica el terrorismo yihadista? Imaginemos que nos encontramos sentados en una terraza de Las Ramblas en Barcelona con nuestros hijos. Un fanático ataca. Un familiar muere o es herido. El desgarro del dolor resulta terrible, la amargura nos ciega, se asume que la pérdida (más que el terror) embarga nuestra alma… Pero, si somos cautos, repetiremos la pregunta: ¿qué ha propiciado el ataque? Y a esa pregunta la acompañan otras. Por ejemplo, sobre los manejos de la derecha de Israel, las concesiones de EE.UU. o los despistes (¿programados?) de Europa. ¿Es posible la paz? De este lado del mundo nos queda el consuelo de soñar con que alguien dé el puñetazo sobre la mesa y diga “hasta aquí hemos llegado”. No ocurre. Nos ciega la defensa sin comprender o seguimos haciendo concesiones a Arabia Saudí y Qatar. Luego, lo destacable de ahora es justificar si los muertos que nos asolan son parte del precio a pagar. Eso quiere decir que aceptamos el engaño y repetimos en voz baja “qué le vamos a hacer”. Así cuidaremos con solvencia el jardín de nuestra casa y repetiremos el anhelo de solazarnos en las sombras del Paraíso.
Del otro lado seguirá habiendo cientos de adolescentes que se inmolen contra árabes o contra cristianos y madres que acepten el sacrificio de sus hijos. Nosotros, desde el jardín dicho, repetiremos que conocimos el desastre. No exigimos. Eso es lo que nos justifica.
