Confieso, Suso, que llegué a asustarme. Tal fue la ventolera de las horas inmediatamente siguientes al partido, tanto el estruendo, que me temí lo peor de lo peor. Mi error fue no ponerle asunto al asunto. Mi pecado es el hábito de oír sin escuchar los ruidos del fútbol, mi costumbre de seguirlos instalado en esa distancia que suele separar el hilo musical de fondo de restaurantes u hoteles del tímpano de quienes somos más noveleros que aficionados. La cosa, Suso, es que tanto se comentaba, analizaba, valoraba o especulaba sobre lo que dijiste al árbitro, con tanta alarma social y preocupación se vivía lo ocurrido, que armándome de valor pregunté qué demonios dijo Suso Santana el día del Granada. Contaminado por el convencimiento de que te habías pasado ocho o nueve pueblos, esperaba que los tímpanos saltaran por los aires al enterarme, por fin, de lo que habías dicho. Arbitro, eres un sinvergüenza. Desconcertado, me lancé con una segunda pregunta. Vale; pero, ¿y qué más le dijo? Eso fue todo. Ah. Vaya. Y, vamos a ver, en fin, cómo explicarlo, oye, que vale, no está bien, hiciste mal Suso, eso no debe decirse, que no, no debiste, nunca, jamás, ni a un árbitro ni a nadie, de acuerdo, dicho queda. Ahora bien, Suso, créeme que escuchando las barbaridades que se dicen, gritan o vomitan en televisiones, gradas, radios, parlamentos, bares, colegios, oficinas e institutos, qué quieres que te diga, lo tuyo, Suso, es el insulto más enciclopédico que alguien haya utilizado de años a esta parte. Arbitro, eres un sinvergüenza. Suso, no vuelvas a hacerlo, no está bien, pero conocidas las bestialidades con las que se insulta por ahí, en fin, quédate Suso con la tranquilidad de que pocas veces alguien ha sido tan educadamente maleducado. Arbitro, eres un sinvergüenza. Hay académicos de la lengua que se las ventilan bastante peor cuando se calientan. Un abrazo, Suso.
