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Hollywood

Hace años fui invitado por MacDonnell Douglas a Los Ángeles, para un tema técnico relacionado con la aviación, que ya he contado alguna vez. Y aproveché para visitar las zonas de la ciudad, desde el Downtown hasta Sunset Bulevard y, cómo no, el celebérrimo barrio de Beverly Hills. Me alojé en el hotel Beverly Hilton, donde sirven el mejor zumo de naranja del mundo y en cuyos bares y restaurantes te encuentras a la crema de la crema de los habitantes de esta ciudad, desde artistas a hombre de negocios. Era una pasada correr por los chalés -sin muros- de Beverly Hills, con sus jardines formando leves pendientes hasta unas calles impecables y los lujosos automóviles de sus propietarios aparcados en sus rampas o metidos en sus garajes abiertos. Aquí nadie roba porque la policía es tan eficaz que en cuanto suena la alarma un helicóptero se coloca encima de la vivienda, si es de noche con un potente foco: el ladrón no puede escapar, lo sabe y no lo intenta. Cuando veo las entregas de premios de Hollywood por televisión siempre recuerdo aquellos días, en un viaje que años después repetí con mi amigo Pepe Oneto. Entonces viajamos en coche desde Los Ángeles a San Francisco. Recuerdo que la camioneta que alquilamos se estaba calentando más de la cuenta en una pendiente de la autopista. A punto de encenderse la luz roja de “¡Pare!” apareció en el margen de la vía una estación, con todo lo necesario para refrescar el motor. Estaba calculado, porque docenas de coches habían sido aparcados en el lugar para echar líquido refrigerante en los depósitos. En los Estados Unidos rara vez se improvisa algo. He transmitido mi devoción por este país a mis hijas, sobre todo a la mayor, a la que el encanta USA. Es que aquel es otro mundo.

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