Tres días después (ver artículo anterior), el 25 de junio de 1846, se ve que recuperada de su afección de garganta, mi tatarabuela, Carmen Fernández, respondió así a su futuro esposo. “Sr. D. Andrés González de Chaves. Muy estimado señor mío: He recibido la atenta carta de usted y enterada de su contenido, habiéndolo pensado, debo de manifestarle con la misma franqueza que usted quiere que le hable, que varias personas me habían dicho que usted se había dirigido a mis padres con el objeto de su consentimiento, pero sin saber yo por qué motivo decían esto cuando entre nosotros no mediaban más que las relaciones de la buena amistad que siempre han tenido nuestras familias. Por lo mismo, y para que vea usted que hablo con toda sinceridad, y sin que en ello haya intervención de persona alguna, sino mi voluntad, le digo que siempre que mis padres sean gustosos, desde luego admitiré la proposición que me hace, pues considero que usted tratará de hacerme feliz. Celebraré que se halle usted mejor de su constipado y mande a esta su atenta y afectísima servidora. Carmen C. Fernández”. Y se casaron. Y fueron felices. Mi tatarabuelo Andrés era rico en tierras. Fue alcalde real del Puerto de la Cruz, lo mismo que su hijo, mi bisabuelo Luis, abogado civilista por la Universidad de Sevilla, cuyo título tengo colgado en mi despacho. Estas cartas de amor las he guardado con cuidado después de que mi tía Gabriela González de Chaves me las entregara para su custodia. Son interesantes para comprobar las buenas formas de entonces, que ahora, en esta época labrada al trancazo, nos parecen cursis. Los tiempos. Fíjense que en 1846 no había comenzado la guerra de secesión americana (1861 y siguientes). Lo comento como referencia de una época, tan, tan lejana ya en el tiempo.
La respuesta de mi tatarabuela
Tres días después (ver artículo anterior), el 25 de junio de 1846, se ve que recuperada de su afección de garganta, mi tatarabuela, Carmen Fernández, respondió así a su futuro esposo
