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Mi gran dilema

Mi gran dilema de ahora es si escribir de lo que todo el mundo, o sea, de Cataluña, o contarles un viaje o una anécdota vieja

Mi gran dilema de ahora es si escribir de lo que todo el mundo, o sea, de Cataluña, o contarles un viaje o una anécdota vieja. Si escribo de un viaje, mis críticos me mandan a decir que me las estoy echando. O que reverdezco viejos tiempos, tiempos de más posibles. Si escribo de Cataluña me llaman pesado. Y si me refiero a alguna anécdota antigua, me dicen que están leyendo al abuelo Cebolleta, que ha contado la misma anécdota cientos de veces. Joder, qué rollo, ¿no? Tengo severos críticos en mi nómina de lectores, no crean ustedes, que no me pasan ni una. Si cuento algo dos veces y difiero, aunque sea levemente, en la narración de los hechos relatados con anterioridad, enseguida me acusan de desmemoriado y, los más aviesos, de mentiroso. Hay lectores perversos que lo guardan todo, bien en sus privilegiadas memorias, bien en recortes celosamente archivados, a ver si te trancan en un renuncio. Esto de escribir todos los días desde 1970, todos los putos días durante 47 años, es muy duro. Nadie me va a colgar una medalla por mis 50 años de periodismo, unos porque me tienen envidia, otros porque no creen que la merezco, otros porque se la renflanflinfla, como a mí mismo. Pero esto del puto folio diario es un escaparate arriesgado, inaguantable, en el que no puedes repetir un epíteto, ni largarte un oxímoron, aunque sean ambos intencionados. Te los calan todos, no se escapa absolutamente nada. Por eso lo que hago ahora es ignorar las críticas. Ni siquiera hago caso a las más bienintencionadas, porque siempre esconden algo de mala leche. A mis 70 años -reconozco que he dado un bajón, en todos los sentidos- no tengo tiempo de hacer caso a zarandajas y escribo de lo que me da la gana, así que a mí, plim.

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