el charco hondo

El rellano de la escalera

Querido, no justifico lo que reiteradamente he considerado una grandísima farsa; no es eso, ni de lejos

Querido, no justifico lo que reiteradamente he considerado una grandísima farsa; no es eso, ni de lejos. Cuando días atrás lamenté el complejo de superioridad con el que en tertulias, editoriales y redes se está abordando lo de Cataluña -fue este martes, Separatistas y separadores-, cuando escribí sobre el daño que hacen los separatistas y también los separadores, cuando eso dije, estimado, no coqueteo con el argumentario de los independentistas. Siendo probable que me haya expresado mal, querido, también es bastante posible que no te haya interesado leerlo bien; ya sabes, con la permeabilidad que tanto se echa en falta. La cuestión, estimado, es que llenándome de tristeza la batasunización política y social de Cataluña, esa que durante décadas se instalará en los almuerzos familiares, en las oficinas, en los bares, en los colegios y en el rellano de las escaleras, y aun sabiendo que la paternidad de esa fractura corresponde al establishment catalán, me resulta difícil obviar el goliatismo que crece en las oficinas, bares, colegios y rellanos del resto del país, ese españolismo mal entendido, esa españolidad de ultimísima generación que tiene a tantos abordando un problema del Estado (de todos, por lo tanto) con instintos futbolísticos, jactándose de formar parte del equipo que goleará jurídica y policialmente a los catalanes, alimentando de paso la percepción de que el PP crece al calor de este patriotismo mal concebido, a la sombra de quienes no saben o no entienden que ridiculizar o reírse de la sociedad catalana es hacerle el juego a los separatistas, ignorando que esa pose de buen español les exigiría sentirse, entre otras tantas cosas, un poco catalanes. A lo que me refiero, querido, es a ese goliatismo que lo inunda todo, a esa injustificada superioridad con la que en el resto de España, algunos, no todos, pero sí demasiados, están caricaturizando el problema al que despertaremos a la vuelta de este fin de semana, una fractura que batasunizará a la sociedad catalana durante décadas.

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