Por Ángel Isidro Guimerá Gil
El nacionalismo mata. Provocó millones de muertos en el siglo XX. Es el peor y más agresivo cáncer que han padecido muchos pueblos en su historia. Creo no exagerar al decir que es una de las fuerzas más destructivas que ha existido nunca en la humanidad. Cataluña es hoy, en gran parte, el comienzo de una metástasis de esta cruel enfermedad de difícil contención a pesar de encontrarnos ya en el siglo XXI. Un nuevo siglo donde pocos dudan ya que quienes más van a sufrir cualquier tipo de idea nacionalista son las generaciones del futuro.
Lo que se está llevando a cabo en esta región española es un golpe de Estado en toda regla cuyo propósito es no solo subvertir el orden constitucional, sino destruir el principio de soberanía nacional que da sentido y razón de ser a nuestro modelo de convivencia y llevarse por delante a España. Ya, en las últimas horas, se ha entrado de lleno en la comisión del delito de sedición. Y estamos a las puertas del delito de rebelión, mucho más grave que el anterior y castigado con hasta veinticinco años de prisión. Un delito que, para su consumación, no requiere específicamente de violencia física según jurisprudencia del propio Tribunal Supremo.
El ilustre y recordado catedrático de Derecho Administrativo, maestro de juristas, Eduardo García de Enterría, publicó una interesantísima antología, “Sobre la autonomía política de Cataluña”. Nos recuerda las palabras de Manuel Azaña que encarna, para muchos, lo que pudo haber sido -y no fue- la Segunda República. Azaña, el 27 de Mayo de 1932, como Presidente del Gobierno afirmó rotundamente: “Es un concepto incompatible con la Constitución que Cataluña sea un Estado. Las regiones, después que tengan la autonomía, no son el extranjero, son España. Cataluña es una parte del Estado español”. Y añade Azaña en uno de sus “Diarios”, una frase tremendamente reveladora de los que representaban para él los independentistas catalanes: “Y, si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco”. Por último, ya en el exilio, en uno de sus artículos, escribiría “Nuestro pueblo está condenado a que, con monarquía o con república, en paz o en guerra, bajo un régimen unitario o bajo un régimen autonómico, la cuestión catalana perdure, como un manantial de perturbaciones, de discordias apasionadas, de injusticias…”.
Las palabras de Azaña conservan, en estos momentos, toda la actualidad y vigencia. El catalanismo sigue nutriéndose de la xenofobia y el odio a España. Azaña no pudo ver que, a vía de ejemplo, en diciembre de 1990, el gobierno autónomo esloveno, al estilo de lo que pretenden Puigdemont y compañía para hoy, 1-O, celebró un referéndum ilegal y sin garantías en el que participó el 94% de la población y el sí a la independencia tuvo un 95% de respaldo. Seis meses después y enardecidos por la tesis de que eran superiores al resto de yugoslavos y que los serbios les robaban, se declararon independientes.
Hubo una guerra de 10 días, en la que murieron 18 personas y asunto concluido. En esas fechas, al otro lado de la frontera, el gobierno croata calcó la jugada. Convocó un referendúm, en el que los ciudadanos de origen serbio, poco más del 10% de la población, se negaron a participar. Y cuando un mes después, Zagreb proclamó la independencia, se alzaron en armas alegando que el mismo derecho de autodeterminación que supuestamente amparaba a los croatas para separarse de los serbios, les tenía que servir a ellos para independizarse de los croatas, y crear su propio mini estado en las ciudades y zonas donde eran mayoría. Estalló la guerra, pero ésta duró cuatro años y se saldó con 40.000 muertos, 3.000 desaparecidos y 600.000 desplazados. Así funcionan los nacionalismos excluyentes por citar un ejemplo cercano en el tiempo.
Los sediciosos catalanes ponen ya el grito en el cielo presentándose como víctimas de un poder opresor cuando llevan años manipulando las instituciones autonómicas y vulnerando la Ley. La necesidad de sus votos, los de Convergencia y Unió en el Congreso, tanto por parte de los socialistas como por el PP ha motivado el gran error durante años del Gobierno de no poner freno en Cataluña a la manipulación lingüística e histórica en todos los órdenes e instituciones. Estamos viendo sus frutos.
Este día uno de octubre los golpistas no pueden colocar urnas y recoger votos, aunque sea un porcentaje bajo, entre otras razones porque el Estado de Derecho habrá demostrado su impotencia. Si, por el contrario, el 1-O se convierte en una gran frustración para los instigadores del golpe, porque los cuerpos y fuerzas de seguridad logran impedir que este se lleve a cabo, será una victoria no solo de España y de los partidos que apoyan esta firmeza constitucional, sino de la democracia y el Estado de Derecho.
