Ahora que definitivamente vivo en el Puerto de la Cruz tengo motivos de sobra para recorrer los sitios de mi infancia y de mi juventud y de echar la vista atrás para repasar viejas historias. Nunca fui un tipo popular; quiero decir que mis hermanos son más del pueblo, como lo son mis sobrinos. Yo era un señorito, en toda la extensión de la palabra. Y mis hijas, como no han vivido en el Puerto de la Cruz, pues no lo entienden, aunque les encanta visitarlo, lo cual hacen frecuentemente. Dicen que la gente de Arafo, por ejemplo, la gente que ha emigrado, siempre regresa a Arafo a morirse. A mí me puede pasar lo mismo con mi pueblo, aunque ni siquiera me gustaría que sepultaran mis cenizas aquí. Ya he dado instrucciones al respecto. El otro día se cayó un árbol en el cementerio y partió la cruz de piedra y la verja nueva del panteón de los Chaves, que debe estar lleno a rebosar, aunque sus habitantes se vayan reduciendo de tamaño con el tiempo. Debo decir que yo sí disfruto de esta ciudad, de las cosas que se les ocurren a sus habitantes y de las historias, casi todas exageradas o sencillamente mentiras, que nos contaron de chicos y que han sido sublimadas por el tiempo. Pero este es un pueblo, con ínfulas de ciudad, muy pintoresco, con un pasado lleno de anécdotas, parte de las cuales ya contó en sus Anales el excelente cronista -y alcalde- José Agustín Álvarez Rixo. He sido dos veces pregonero de las fiestas del Gran Poder de Dios y la Virgen del Carmen y mis dos pregones, el segundo editado en un opúsculo, está inspirado en las crónicas de Álvarez Rixo. El primero lo mezclé con mis días felices en el Puerto, pueblo que abandoné cuando contaba 27 años, para ir regresando a él, día sí, día también.
Días felices en el Puerto
Ahora que definitivamente vivo en el Puerto de la Cruz tengo motivos de sobra para recorrer los sitios de mi infancia y de mi juventud y de echar la vista atrás para repasar viejas historias
