superconfidencial

El recado de escribir

Ya no hay, como antes, bares en los que se reúnan los escritores y poetas a hablar, a leer o a escribir. Antañazo se llamaba “recado de escribir” a un pequeño escritorio portátil, que se colocaba sobre las mesas, en el que había pluma, tintero y secante, e incluso el material para lacrar las cartas que se enviaban a los periódicos con el botones o con el limpiabotas del propio bar. González-Ruano donde más escribió fue en el Teide madrileño, aunque también lo hizo en el Gijón de la capital. Y Umbral, en un principio, fue escritor de cafés, sobre todo en el Gijón, antes de entregarse a la Olivetti en su chalé de las afueras de Madrid. Julio Camba escribía en la bella rotonda del Palace, en una de cuyas habitaciones vivió y murió. A medida de que nos hacemos más viejos nos da más miedo a salir y nos sentimos invadidos por una especie de sedentarismo del pánico. Yo le tengo terror a los váteres sucios, en los que uno no puede sentar el culo para plantar un pino. Me dan mucho asco y de esos abundan por aquí, por eso cada vez salgo menos y si lo hago es a lugares cercanos a mi casa, para llegar en caso de apretón. Ayer me enviaron un video de las ratas de la Rambla de Santa Cruz, una ciudad vergonzosa. Salían a manadas de unos jardines. Parece mentira que esto ocurra en la ciudad de Bermúdez -o no, Bermúdez nació en Las Palmas-, en pleno siglo XXI. En Santa Cruz no hay bares donde escribir y, además, ahora los jóvenes cachorros del periodismo audaz lo hacen con la tablet, pero cometen muchas faltas de ortografía y muchos pecados de sintaxis. Leen poco, en general. Yo prefiero aquella época, la de González Ruano y Umbral, que eran tan buenos que la Academia no los acogió.

TE PUEDE INTERESAR