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La historia interminable

Las masivas manifestaciones en Cataluña y en toda España a favor de la unidad española y en contra del independentismo catalán no nos deben hacer olvidar, y mucho menos minusvalorar, la intensa penetración transversal y la enorme difusión social de ese independentismo, los cientos de miles de ciudadanos fanatizados y dispuestos a protagonizar una desobediencia civil masiva con todas sus consecuencias

Las masivas manifestaciones en Cataluña y en toda España a favor de la unidad española y en contra del independentismo catalán no nos deben hacer olvidar, y mucho menos minusvalorar, la intensa penetración transversal y la enorme difusión social de ese independentismo, los cientos de miles de ciudadanos fanatizados y dispuestos a protagonizar una desobediencia civil masiva con todas sus consecuencias. Porque se trata de un independentismo que, a diferencia del vasco, cuenta con siglos de antigüedad y con una muy amplia trayectoria histórica violenta de intentos frustrados. A mayor abundamiento, durante todos estos años de democracia se ha ido alimentando y ha renacido de las cenizas a las que le redujo el franquismo en virtud de una política suicida que pretendió aplacarlo tolerando todos sus desmanes. Y da igual que sean o no la mitad de la población: por este camino, en poco tiempo serán una mayoría más que significativa.

Tampoco es verdad, como proclaman los manifestantes de blanco, que la situación sea culpa de eso que llaman “los políticos” por negarse a dialogar. Lo desmienten los cientos de miles de manifestantes que el 1 de octubre hicieron frente, intentaron acorralar y agredieron a las fuerzas de seguridad; lo desmienten los protagonistas de los escraches y las amenazas, incluso de muerte, que han expulsado de sus hoteles a guardias civiles y policías nacionales, rechazados por propietarios amenazados temerosos de su integridad y la de sus familias.

En Cataluña hay millones de independentistas y las dos terceras partes de los ayuntamientos en sus manos porque el Estado y su Gobierno durante muchos años han sido cómplices de la violación sistemática de la Constitución y las leyes, y del no cumplimiento de las sentencias por parte de la Generalitat. Se ha permitido un sistema educativo sectario, fabricante de independentistas odiadores de España, que ha enseñado una historia incorrecta científicamente y, con la complicidad de las editoriales, ha utilizado libros que explicaban y apoyaban esa historia. Se ha permitido la persecución sistemática de la lengua y la cultura españolas. Se ha permitido una dinámica política materialmente independentista. Se han permitido demasiadas cosas para intentar aplacar a los nacionalistas, y ahora puede ser demasiado tarde. Lo que está ocurriendo solo era cuestión de tiempo que ocurriera.

Y no nos engañemos: una independencia catalana real no se agotaría en sí misma. Y a la obvia secuela vasca le seguiría la reivindicación de Valencia y Baleares, que, en contra de toda realidad histórica, los independentistas consideran “países catalanes”, cuya incorporación aumentaría el número de estrellas de sus banderas esteladas. Unas banderas que imitan la bandera cubana, usada ya en la guerra contra España. Porque el nacionalismo y el independentismo no se sacian ni siquiera con la independencia, y su historia es siempre interminable.

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