Carmelo Rivero supo que venía a Portugal y entonces me pidió que fuera a Tenerife, a la entrega de los premios Taburiente, que da su periódico a través de la Fundación DIARIO DE AVISOS. Me avisó tarde, como suele, y además me mandó un billete de barco, “así te vas entreteniendo”; y me dijo, también, que le daban el premio a un cierto periodista del Puerto con el que rompí en la adolescencia y desde entonces no quiero verlo ni en pintura. Por Luis del Olmo hubiera ido; trabajé con él, desde Venezuela, y siempre me trató con deferencia y estima. Pero, le dije a Carmelo, ¿cómo se te ocurre hacerme viajar en barco desde Lisboa para una cosa que, además, puedo ver en la televisión? Luego no sé qué pasó que no la pude ver por televisión, pero leí abundante materia publicada en la web de este periódico y, como dice Gabriel y Galán, con eso tengo bastante.
Estoy en Lisboa por culpa de Carmelo, por cierto, pues él es un devoto de Fernando Pessoa, y me ha pedido que haga aquí una investigación sobre lo que queda en la melhor cidá do mondo del gran escritor de los heterónimos. Como hago todo lo que me pide, si puedo y él no me manda billetes baratos para que me desplace a sus cosas, me vine a Lisboa en un avión que él me fletó… con puntos de Aeroflot, que vete tú a saber por qué este individuo de Duggi tiene esos privilegios viajeros. Y aquí estoy, investigando. Esta mañana de domingo, mientras pensaba qué escribir esta semana, me llamó Carmelo, tan reiterativo, preguntándome si había encontrado algo de cierto interés para el reportaje, que luego, además, ni va a publicar. Le dije que había estado justo en el restaurante que tan bien describe Pessoa (o Bernardo Soares) al principio del más famoso de sus libros, Libro del desasosiego. “¡No me jodas!”, me dijo Carmelo, que creía que ese restaurante había sido inventado. Pues no. Y está tal cual dice o gran poeta.
Como él no es de Google, y hace bien, no tenía acceso en ese momento al libro y me pidió que le enviara su traducción. Y aquí va, pues no quiero que la tenga en exclusiva sino en compañía de sus lectores. Es del poeta Ángel Crespo, un especialista, y la sacó en la editorial Seix Barral.
Toma, Carmelo, chúpate los dedos.
“Hay en Lisboa unos pocos restaurantes o casas de comidas en los que, encima de una tienda con hechuras de taberna decente, se alza un entresuelo que tiene el aspecto casero y pesado de un restaurante de ciudad pequeña sin tren. En esos entresuelos poco visitados, excepto los domingos, es frecuente encontrar tipos curiosos, caras sin interés, una serie de apartes en la vida”.
Por cierto, uno de esos tipos de parecía a Carmelo Rivero este domingo. Pero no le hice fotos, que Carmelo es capaz de publicarlas.
